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La Inteligencia Artificial escribe en segundos lo que a uno, con varios cafés de por medio y la mirada perdida en la ventana, le tomaba horas.
Eso impresiona, es cierto, pero la rapidez no es lo mismo que calidad. Nunca lo fue y nunca lo será. Y ese, precisamente, es el examen que le toca rendir a todo el que escribe hoy: aprender a usar la herramienta sin dejar que la herramienta termine usándolo a uno.
Porque la IA puede resumir, ordenar, transcribir, investigar, entregar un borrador decente en un parpadeo. Puede ser, sin exagerar, un asistente excelente. Pero de ahí a que se convierta en el autor hay un abismo. Un buen texto no solo informa: carga una mirada, una sensibilidad, un ritmo, una manera muy particular, y muy propia, de entender el mundo. Eso no se copia y pega.
Y aquí va una advertencia que todo escritor o escribidor debe tener en cuenta: las propias inteligencias artificiales admiten que fallan, y de hecho fallan con mucha frecuencia. Presentan como ciertos datos que no lo son. Confunden nombres, fechas, hechos. Tergiversan. Y en su afán de sonar convincentes, o de simplemente complacer a quien pregunta, a veces rellenan los huecos con pura invención. El problema, sin embargo, no es que la máquina se equivoque, a final de cuentas es una máquina. El verdadero peligro asoma cuando el ser humano deja de comprobar lo que la máquina le sirve en bandeja. Un dato falso publicado sin verificar puede terminar repitiéndose tanto que, a fuerza de repetición, empieza a disfrazarse de verdad. Como decía Mark Twain: «Una mentira puede dar la vuelta al mundo mientras la verdad se está poniendo los zapatos». Con la IA, ese viaje se hace en nanosegundos.
Hay, además, otro riesgo, más discreto pero no menos serio: que millones de personas, recurriendo a los mismos modelos, empiecen a repetir las mismas estructuras, las mismas frases hechas, los mismos recursos gastados. Y cuando el lenguaje se vuelve uniforme, el pensamiento, tarde o temprano, también. Las pequeñas imperfecciones, los giros que nadie esperaba, esa metáfora rara que solo a uno se le ocurriría: eso es lo que hace reconocible a un escritor. Es la huella dactilar de la escritura.
Y no hace falta ser un académico ni tener un doctorado en letras para notarlo. La voz de un escritor se reconoce con facilidad. Si alguien que jamás escribe presenta, de la nada, un texto de una calidad, un vocabulario o una estructura que muchas veces, ni siquiera él entiende, la sospecha nace sola. No porque todo texto bien logrado sea artificial, sino porque hay una distancia, a veces enorme, entre lo que una persona suele decir y la forma en que, de golpe, aparece escribiendo.
La voz propia deja marcas: palabras que uno repite sin darse cuenta, ritmos preferidos, expresiones que le pertenecen a uno como su propio apellido, y hasta ciertas imperfecciones que forman parte de la identidad tanto como una cicatriz forma parte de una historia. Un texto puede estar impecable en la forma y, sin embargo, sonar más falso que el retintín de una moneda de 3 soles. Y esa diferencia, para quien ha leído un poco, suele notarse más de lo que uno imagina. Es, en el fondo, la misma lógica de un buen amigo que, apenas te escucha dos o tres frases por teléfono, sabe si algo anda mal contigo. La voz, sea hablada o escrita, no miente fácilmente.
Por eso la voz propia no es un tesoro escondido que uno halla un día por casualidad. Se construye, ladrillo a ladrillo, con la cultura de uno, con las experiencias, con la educación, con la época que le tocó vivir y, sobre todo, con su manera particular de mirar la realidad. Incluso conviene, de vez en cuando, sentarse y definir conscientemente esa identidad verbal: qué palabras sentimos nuestras, qué ritmos, qué formas de decir las cosas nos representan de verdad. Como bien decía Gabriel García Márquez: «Lo que le importa a un escritor es no dejarse manipular por lo que él escribe». La herramienta puede sugerir, pero la decisión es solo nuestra.
Toda historia, todo artículo, todo libro necesita saber hacia dónde camina. La IA puede ayudar a ordenar el trayecto, a pulir el paso, incluso a sugerir un atajo. Pero no puede decidir por nosotros qué queremos decir ni, mucho menos, por qué queremos decirlo. Esa brújula, la idea central, solo la sostiene quien escribe.
Y aquí viene algo que muchos olvidan: escribir no es solo transcribir ideas que ya estaban listas en la cabeza. Muchas ideas nacen mientras se escribe, mientras se corrige, mientras se duda, se reorganiza y se vuelve a empezar por tercera o cuarta vez. Por eso el bloqueo creativo casi nunca se vence esperando que baje la inspiración como una paloma del cielo: se vence trabajando, con las manos sucias de tinta metafórica.
La Inteligencia Artificial no significa el final de la escritura. Significa, simplemente, que hoy contamos con herramientas nuevas. Quien le entregue su pensamiento a la máquina producirá textos veloces, sí, pero huecos. Quien la use para liberarse de lo mecánico —de lo tedioso, de lo repetitivo— tendrá más tiempo para crear, para imaginar, para emocionar, para encontrarle sentido a lo que escribe. Eso sí, deberá cargar con una responsabilidad que ninguna IA puede asumir en su lugar: verificar, contrastar, y hacerse dueño de lo que publica.
Quizá, en el futuro que se viene, no destaquen los que mejor sepan manejar la IA, sino los que conserven aquello que sigue siendo, hasta hoy, lo más difícil de copiar: una forma propia de pensar, una mirada crítica, y una voz que, apenas se lea, cualquiera sepa de quién es. Sin firma. Sin necesidad de preguntarlo.
Este mismo texto, para que quede dicho, fue corregido y afinado con IA. La imagen que lo acompaña, fue creada con IA. Y eso no lo hace menos mío.
Porque un carpintero no deja de ser carpintero por usar una lija eléctrica en lugar de una manual, y un escritor no deja de ser autor por dejar que una máquina le ordene las comas o le sugiera un sinónimo más justo. Lo que nunca delega —lo que no podría delegar aunque quisiera— es la mirada que decide qué se dice y por qué. Ahí está la clave, en el fondo: no se trata de rechazar la herramienta, sino de no dejarse tragar por ella. Cuidar el estilo. Cuidar la identidad. Que la máquina afine el instrumento, pero que la canción —esa sí— siga siendo enteramente nuestra.
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