¿Y LA CULTURA, SEÑORES CANDIDATOS?

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Una biblioteca que se deteriora, una Casa de la Cultura desaprovechada y una juventud llena de talento deberían ser asuntos electorales

Se acercan las elecciones regionales y municipales y, como ocurre casi siempre, los candidatos nos hablan de carreteras, puentes, hospitales, agua, agricultura, seguridad, turismo, empleo y desarrollo. Todo eso es necesario. ¿Qué duda cabe? Pero hay una pregunta que vuelve a quedarse fuera de los discursos, de los debates y de los planes de gobierno: ¿y la cultura…?

Solo uno de los candidatos tomó este tema en serio, pero creo que podría ampliarse más.

No hablamos de cultura como adorno para las ceremonias oficiales, como una palabrita mágica para llenarse la boca, como una fotografía con danzantes durante una festividad o como una actividad que aparece cuando sobra algún dinero. Hablamos de una política cultural seria, permanente e inclusiva. Una cultura que reconozca nuestras tradiciones, nuestra música, nuestras danzas, nuestra gastronomía, nuestra historia y nuestra lengua, pero que no se quede encerrada en ella. La identidad debe ser raíz, no frontera. La cultura universal no compite con la cultura local: la pone en diálogo con el mundo.

Por eso deberíamos preguntarnos qué ocurrirá con nuestra Casa de la Cultura y con nuestra biblioteca pública. ¿Seguirán siendo espacios que existen porque alguna vez alguien decidió crearlos, pero que sobreviven sin una verdadera política cultural? ¿O serán convertidos en centros vivos de conocimiento, creación, formación y encuentro?

La Casa de la Cultura debería dejar de ser simplemente un lugar para algunas ceremonias y convertirse en una verdadera usina cultural de Abancay: teatro, música, literatura, pintura, fotografía, cine, conferencias, debates, talleres, exposiciones, presentaciones de libros y encuentros con escritores y artistas. En ese contexto merece ser considerada la propuesta de convertir el antiguo edificio municipal en un espacio cultural. Más allá de quién la haya formulado, la idea merece ser estudiada con seriedad y podría formar parte de una red cultural mucho más amplia.

Y si hablamos de recuperar espacios para la cultura, ¿por qué no mirar también hacia el antiguo Club Unión? Habría que estudiar todas las alternativas jurídicamente posibles: adquisición, negociación, cesión, transferencia, convenio o, si correspondiera y se cumplieran los requisitos legales de interés público, cualquier otra fórmula prevista por la legislación. Si los estudios técnicos determinaran que el edificio ya no puede recuperarse razonablemente, habría que evaluar incluso su demolición y la construcción de una infraestructura adecuada para las necesidades actuales.

Porque resulta difícil no sentir tristeza e indignación cuando un espacio que alguna vez tuvo otra significación para la ciudad termina parcialmente convertido en una deprimente cantina. No se trata de despreciar a quienes trabajan o se reúnen allí, sino de preguntarnos si una ciudad que reclama desarrollo puede resignarse a que espacios estratégicos de su centro urbano pierdan progresivamente su función social. Un viejo club puede convertirse en una vieja cantina, pero también puede convertirse en un centro cultural; la diferencia está, en buena medida, en la imaginación y la voluntad de quienes administran la ciudad.

Imaginemos una verdadera red cultural: la Casa de la Cultura, el antiguo edificio municipal, el antiguo Club Unión y la biblioteca funcionando de manera articulada. Un espacio para las artes escénicas; otro para talleres y formación; otro para exposiciones, música, fotografía y nuevas expresiones; y una biblioteca convertida en el gran centro de conocimiento de la ciudad. No se trata de acumular edificios con nombres pomposos, sino de darles una función concreta y permanente.

Y aquí llegamos a uno de los problemas que ya no admite eufemismos: nuestra biblioteca. Tenemos miles de libros y, sin embargo, muchos, por no decir todos, se encuentran en condiciones lamentables. Algunos han sido destruidos por la humedad; otros presentan moho y deterioro visible. Pero el problema no termina allí. El acervo no está adecuadamente catalogado ni indexado y la organización general de la biblioteca es un verdadero desastre. No existe un sistema que permita saber con claridad qué libros posee, dónde están, en qué condiciones se encuentran y cómo puede acceder el ciudadano a ellos. Así, una institución que debería ser el gran centro de conocimiento de la ciudad termina funcionando como un depósito desordenado de libros que nadie lee.

Una biblioteca no se define por la cantidad de ejemplares que acumula, sino por su capacidad de ponerlos al alcance de las personas. Un libro perdido entre montones de libros es casi tan inútil como un libro que no existe. Catalogar, clasificar, conservar y digitalizar el acervo no es una tarea burocrática secundaria: es la condición básica para que una biblioteca cumpla su función. Si no sabemos siquiera qué tenemos, difícilmente podremos saber qué necesitamos, qué debemos recuperar o qué debemos adquirir.

También hace falta personal especializado. Una biblioteca importante necesita profesionales capaces de organizar y conservar el acervo, promover la lectura, atender a investigadores y desarrollar programas para niños y jóvenes. La buena voluntad no reemplaza la gestión profesional.

Y habría que preguntarse, además, si estamos utilizando correctamente ese espacio. Si una parte ha sido cedida para actividades del Ministerio de Educación, habrá que explicar qué función cumple dentro de la política cultural de la ciudad. Pero si otra termina ocupada por negocios privados relacionados con el rubro oftalmológico, la pregunta resulta inevitable: ¿qué tiene que hacer una actividad comercial privada con un espacio que debería estar dedicado a la cultura y al conocimiento público? Una ciudad que necesita espacios culturales no puede darse el lujo de fragmentarlos hasta hacerles perder su sentido.

También hay que hablar de limpieza, mantenimiento, iluminación y sonido. Una institución cultural no puede recibir al público con equipos deteriorados, instalaciones descuidadas o ambientes que transmitan abandono. La cultura también se respeta en los detalles.

Pero quizá el mayor patrimonio cultural de Abancay no esté en sus edificios ni en sus libros. Está en su gente, especialmente en sus jóvenes. Hay quienes cantan, escriben poesía, componen música, tocan instrumentos, pintan, fotografían, actúan, filman, investigan, cuentan historias, debaten y escriben cuentos y novelas. Hay talento por todas partes, pero muchas veces permanece invisible porque nadie lo busca, nadie lo forma y nadie le ofrece oportunidades.

Por eso deberían existir concursos permanentes de cuento, poesía, ensayo, fotografía, pintura, teatro, música, composición, oratoria, debate, narración oral y producción audiovisual. Pero no para repartir diplomas y tomarse una fotografía. Descubrir un talento para después abandonarlo es una manera elegante de desperdiciarlo. El concurso debería ser apenas la puerta de entrada a un proceso de formación, acompañamiento, y oportunidades.

Y esa formación tampoco puede quedarse en las disciplinas tradicionales. La cultura está cambiando y las instituciones públicas deberían acompañar ese cambio. Hoy un joven puede ser comunicador, documentalista, fotógrafo, podcaster, creador audiovisual, youtuber, productor musical o promotor cultural utilizando herramientas que hace pocos años eran inaccesibles.

¿Por qué no crear espacios donde pueda aprender fotografía, guion, grabación, edición de audio y video, iluminación, diseño y comunicación digital? No se trata de regalar una cámara y decir «haga un canal», sino de enseñar a contar historias, investigar, producir y comunicar con responsabilidad y calidad.

Podría pensarse incluso en una plataforma pública de comunicación cultural, con estudios de podcast, espacios de producción audiovisual y apoyo técnico para jóvenes creadores, youtubers, comunicadores y promotores culturales. Y, ¿por qué no?, en una radio y un canal de televisión orientados a la cultura, la educación, la historia, el arte, la música, el patrimonio y la producción local. Su implementación y modelo de gestión podrían estudiarse en el ámbito municipal o regional, según las competencias, la sostenibilidad y las condiciones legales. Una ciudad que produce cultura también necesita medios para contarla.

Una radio cultural podría dar voz a músicos, escritores, investigadores, docentes, artistas y organizaciones culturales. Un canal podría producir documentales sobre nuestra historia, programas infantiles, entrevistas, conciertos, debates y contenidos educativos. Los podcasts podrían rescatar la memoria oral de nuestros pueblos y convertir historias familiares y comunitarias en patrimonio audiovisual. Los creadores encontrarían allí no solamente un lugar para publicar, sino también un espacio para aprender, colaborar y profesionalizarse. La cultura del siglo XXI no solo necesita escenarios: necesita micrófonos, cámaras, pantallas y plataformas para hacerse escuchar.

Y aquí aparece una de las excusas más repetidas cuando se habla de cultura: «No hay presupuesto».

Naturalmente, el dinero público es limitado y existen enormes necesidades en una ciudad y una región como las nuestras. Pero la falta de presupuesto no puede convertirse automáticamente en falta de imaginación. Una política cultural seria comienza mucho antes de gastar: comienza planificando.

Con una adecuada planificación, una municipalidad o un gobierno regional puede identificar prioridades, formular proyectos, preparar expedientes, buscar aliados y tocar puertas. La cooperación internacional no deberían ser palabras exóticas reservadas para grandes ministerios. Existen organismos internacionales, fundaciones, organizaciones no gubernamentales, embajadas y países que desarrollan programas vinculados con educación, lectura, patrimonio, arte, música, tecnología y formación juvenil.

¿Por qué no gestionar proyectos y convenios que permitan conseguir colecciones bibliográficas, instrumentos musicales, equipos audiovisuales, computadoras, herramientas para talleres, tecnología para digitalización, capacitación especializada y programas de intercambio cultural? ¿Por qué esperar que todo salga del presupuesto municipal o regional cuando existen instituciones que, dentro de sus programas y requisitos, pueden cooperar con iniciativas culturales bien formuladas?

El problema no siempre es que no exista dinero; a veces es que no existe el proyecto capaz de salir a buscarlo. Y cuando no hay proyecto, tampoco hay expediente, gestión, aliados ni cooperación posible.

Por supuesto, la cooperación internacional no debe convertirse en una excusa para que el Estado se desentienda de sus responsabilidades. Debe complementar una política pública local y regional, no sustituirla. Una ciudad que sabe qué quiere construir culturalmente puede buscar recursos en muchos lugares. Una ciudad que no sabe qué quiere hacer termina esperando que alguien le regale algo.

También necesitamos pensar en una biblioteca del siglo XXI. Una biblioteca donde un niño pueda encontrar un libro de José María Arguedas y, en la misma visita, descubrir a Cervantes, Shakespeare, Borges, García Márquez, Tolstói o Dostoyevski. Donde pueda consultar ciencia, historia, filosofía, tecnología, arte y literatura. Una biblioteca con internet, espacios de estudio, zona infantil, investigación, recursos digitales y actividades permanentes. Una biblioteca debe ser al mismo tiempo espejo y ventana: espejo para reconocernos y ventana para mirar el mundo.

Porque esa debería ser, finalmente, nuestra idea de cultura. No una cultura encerrada en el pasado, pero tampoco una cultura que desprecie sus raíces. No una cultura reducida al folklore, pero tampoco una cultura que reniegue de él. Queremos una cultura capaz de decirle a un joven de Abancay: «Aquí están tus raíces; ahora mira todo lo que existe más allá de ellas».

La cultura no consiste en decorar el lugar donde vivimos. Consiste en aprender a habitarlo, comprender de dónde venimos, conversar con el mundo y atrevernos a imaginar hacia dónde podemos ir.

Por eso sería bueno que quienes aspiran a gobernar Abancay y Apurímac nos digan qué piensan hacer con la cultura. No solamente cuánto dinero destinarán, sino qué proyectos tienen, qué espacios recuperarán, cómo conservarán la biblioteca, cómo incorporarán personal especializado, cómo buscarán cooperación, cómo descubrirán y formarán talentos, cómo aprovecharán las nuevas tecnologías y cómo harán para que la cultura llegue a los barrios, a los colegios y a los jóvenes.

Porque después de las elecciones los discursos se los lleva el viento. Los edificios seguirán allí. Los libros seguirán deteriorándose si nadie los protege. Los jóvenes seguirán teniendo talento. Y la ciudad seguirá esperando una respuesta.

No queremos una cultura para las ceremonias. Queremos una cultura para la vida.

Y quizá haya que recordar algo que debería resultar obvio, pero que a menudo olvidamos: un puente se inaugura y se fotografía; un libro puede cambiar una vida y casi nadie se entera.

Ese también debería ser un asunto electoral.

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