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En un rincón de Buenos Aires, a mediados del siglo pasado, se encontraron dos amigos mexicanos. Uno era un compositor genial y el otro un cantor lírico consumado.
Agustín Lara y José Mójica eran sus nombres, y entre cafés y confidencias, Mojica, con una carrera de ensueño en teatro, cine y música, dejó caer una verdad profunda:u
«Me voy a retirar del mundo artístico… pues he encontrado el gran amor de mi vida: Dios.»
Comovido por tal revelación, Lara quedó muy inquieto y aquella noche no pudo dormir. Tomó su pluma y sentándose frente al piano, se encerró hasta la madrugada, y esa mañana le presentó a Mojica, un bolero que trascendería generaciones.
No era un bolero común, de esos que hablan de amores románticos, de suspiros por una mujer, sino de una renuncia sagrada, de aquella entrega total que nace del llamado divino.
Aquel bolero se llamó: «Solamente una vez».
El tema fue la despedida musical de José Mojica, quien justo después abrazaría el hábito franciscano y se convertiría en Fray José de Guadalupe Mojica.
Solamente una vez
Solamente una vez, amé en la vida
solamente una vez, y nada más.
Solamente una vez en mi huerto brilló la esperanza,
la esperanza que alumbra el camino de mi soledad.
Una vez nada más, se entrega el alma,
con la dulce y total renunciación.
Y cuando ese milagro realiza el prodigio de amarse
hay campanas de fiesta que cantan en mi corazón.
Saber de esta historia nos lleva a admirar a aquellos hombres y mujeres que, como José Mojica, responden a un llamado que trasciende lo ordinario con una entrega total.
En un mundo que celebra el poder, el éxito y la fama, ellos eligen el camino del servicio silencioso. Abrazan el hábito y la sotana y hacen votos que la mayoría no puede comprender, convirtiendo su vida entera en una ofrenda.
Su compromiso —perpetuo, radical, sin reservas— nos recuerda que el corazón humano está hecho para algo infinito.
Gracias a todos aquellos que, como Fray José de Guadalupe, a nuestros sacerdotes, religiosas, y en especial los jóvenes y no tan jovenes seminaristas, que nos enseñan que el amor más grande no se mide por lo que se recibe, sino por lo que se entrega.
«Solamente una vez se entrega el alma…»
Gracias a Dios, a los monseñores Gilberto Gómez obispo de la diócesis y Doroteo Borda actual rector del Seminario Mayor Virgen de Cocharcas de Abancay, a todos los sacerdotes que pasaron por esta Alma Mater, a todos los seminaristas y a toda la comunidad abanquina que se beneficia de esta maravillosa obra creada por monseñor Enrique Pélach.
¡FELIZ DÍA!
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1 com.
NO IMPORTA LA TARDANZA
En un mundo tan acelerado, pleno de lecciones y aprendizajes perniciosos, cuyo resultado evidente es la deshumanización, la plegaria cotidiana y colectiva a Dios por el pastoreo cuidadoso de su rebaño es imperante; ni interesada ni, mucho menos, inopinada.
En estos últimos tiempos, la convocatoria divina al sacerdocio está siendo afectada por todos los ruidos externos que, acaso subrepticiamente o, en forma abierta y prepotente, pretenden aniquilar las respuestas personales a la vocación sacerdotal y religiosa.
No se trata solamente de la abusiva expansión de estímulos adversos disfrazados de festín, alegría y diversión, que atrapan la vulnerabilidad de la juventud; también de la generalización de sectas «cristianas» carismáticas que claramente distorsionan la doctrina y los principios de la Iglesia católica.
Ante la importante necesidad de la oración, corresponde internalizar cada uno la necesidad de hacer apostolado familiar y amical, de modo que se refuerce en quien ha sido llamado una respuesta individual, sólida y decisiva, fruto del ejercicio de su propia voluntad, obviando cualquier intromisión que pueda afectar su respuesta.
Propagar la decisión de fray José Mojica a través de charlas, coloquios, anuncios y otros medios de difusión también debe ser una labor positiva.
En alguna filmoteca debe conservarse la película «Yo pecador», interpretada por el mismo sacerdote franciscano que, para el caso, era actor, cantante de voz de tenor y andariego universal.
Su respuesta al llamado fue inspirada por la Virgen de Guadalupe y asentida por los colores rojo, blanco y verde del emblema mexicano, que él mismo se propuso como referencia en sus momentos de duda.
Gracias, Carlos. Tu afán investigador se traduce siempre en hostias fascinantes y motivadores como el presente.
Cualquier ignoto afirmaría que «Solamente una vez» es un tema de amor terreno.