EL CELULAR NO ES EL ENEMIGO

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

El otro día, esperando mi plato de fondo en un restaurante, presencié una escena curiosa que luego me dio qué pensar.

Una señora no lograba abrir su celular.

—¿Qué has hecho? —exclamó — ¡Cambiaste el patrón! —le reclamó a su pequeño hijo.

El niño la miró con la calma de quien sabe lo que el otro ignora y, como haciendo una concesión, recibió el aparato. De un zarpazo trazó unas líneas y el teléfono se abrió. Satisfecho, se dispuso a jugar, pero la madre se lo quitó. Asunto arreglado.

Me hizo gracia, pero allí había más que una disputa por un teléfono. Los hijos suelen manejar la tecnología mejor que sus padres: descubren botones que jamás encontramos y resuelven como si nada lo que a nosotros nos parece ingeniería aeroespacial. Y ese dominio les da, de paso, una pequeña cuota de poder en casa. No son manipuladores profesionales, aunque alguno ya hace méritos; simplemente nacieron en un mundo digital que nosotros tuvimos que aprender de adultos.

Ese mundo es el que el Perú ha decidido ordenar en uno de sus rincones más visibles: la Ley N.° 32385 y su reglamento restringen el uso de celulares durante las actividades educativas en primaria y secundaria, con excepciones pedagógicas, de salud, discapacidad o emergencia. 

El debate es necesario, pero sería un error convertirlo en una guerra contra el celular, porque el problema no es el aparato, sino el uso que le damos.

Un martillo sirve para construir una mesa o para destruirla; un auto nos lleva donde la familia o se vuelve un peligro público en manos de un irresponsable; una biblioteca es una puerta al conocimiento o un hermoso cementerio de libros si nadie los abre. 

Con el celular pasa lo mismo: puede ser una máquina extraordinaria para perder el tiempo, pero también biblioteca, diccionario, atlas, calculadora, laboratorio, cámara, instrumento musical, libreta y hasta profesor de bolsillo. Todo depende de quién lo use y para qué.

La lectura lo ilustra bien. Hay aplicaciones para ejercitar la memoria, aprender idiomas o practicar matemáticas, pero un teléfono, además, guarda cientos de libros sin ocupar más que una billetera y permite subrayar, anotar, buscar definiciones, guardar citas y volver a una página. Antes hacían falta lápices, resaltadores, señaladores y una memoria disciplinada. 

¿Debemos entonces abandonar el papel? De ninguna manera: no hace falta una bronca entre Gutenberg y Steve Jobs. La pregunta de fondo es otra: ¿logramos que los muchachos lean, piensen y aprendan?

Y aquí aparece la dificultad. En la misma pantalla donde vive una novela de doscientas páginas surge un video de quince segundos. La lectura pide paciencia; la notificación exige atención inmediata, y nosotros, obedientes, nos dejamos llevar como corderitos, miramos, hasta descubrir que perdimos media hora sin recordar nada. 

Por eso la preocupación de la escuela tiene fundamento: en clase, el teléfono puede llevar al estudiante a cualquier parte justo cuando el profesor lo necesita concentrado. 

Pero no todo uso es igual. No es lo mismo cuarenta minutos deslizando videos que veinte investigando o practicando un idioma; ni consumir contenido que producir conocimiento; ni buscar una respuesta para copiarla que entender cómo se llega a ella.

Imaginemos una clase de literatura. Un estudiante lee el cuento en edición digital, subraya una frase, consulta una palabra, anota una observación: está leyendo. O en otra escena: abre una red social, mira un video y conversa con tres amigos mientras el profesor explica.

Ve, ¿dónde está él problema? , y el teléfono sigue siendo el mismo. Lo que cambió fue el uso.

Por eso la restricción, por sí sola, no basta. Puede ser conveniente guardar el celular en ciertas actividades, pero el estudiante saldrá del colegio y recuperará su teléfono: lo llevará camino a casa, lo tendrá sobre la mesa en la cena y dormirá con él cerca. Entonces ningún profesor podrá decirle «guarda el celular, hijito». Tendrá que decidirlo él.

Y decidir bien exige algo más que acceso. Vivimos rodeados de información, quizá demasiada, y nunca fue tan necesario distinguir lo importante de lo que solo hace ruido. 

Tener Google no es saber investigar; tener una biblioteca digital no es ser lector; tener una app de memoria no es tener memoria; tener inteligencia artificial no nos hace seres inteligentes por arte de magia.

Las herramientas ayudan, pero el esfuerzo intelectual sigue siendo nuestro. 

El valor de la educación no está en aprender muchos datos sino en entrenar la mente para pensar.

De ahí que no baste enseñarles dónde está cada botón. Deben aprender a manejar su atención: cuándo buscar, leer, preguntar, comprobar, crear y, sí, apagar. Eso también se aprende, y en ello los padres tenemos bastante que hacer.

Porque aquí los adultos deberíamos mirarnos al espejo.

No podemos pedirle al muchacho que deje el celular en la comida mientras papá responde mensajes bajo la mesa, ni decirle que la tecnología es peligrosa mientras se la damos para que se quede tranquilo. Los niños escuchan nuestros consejos, pero observan nuestros hábitos, que hablan bastante más fuerte. El ejemplo es vital: ¿con qué cara un padre le exige a su hijo que lea si este nunca le ha visto leer ni la chapita de la gaseosa, y nos pasamos la tarde mirando fútbol o novelas?

Por eso la escena del restaurante me resultó reveladora. La madre necesitaba al niño para abrir el teléfono y, apenas lo recuperó, se lo quitó. Pudo haberle dicho: «A ver, hijito, ya que sabes usar este aparato mejor que yo, enséñame algo que valga la pena». Los padres enseñamos a caminar, a hablar y a cruzar la calle, y poco después son ellos quienes nos enseñan a nosotros. Nuestra autoridad no desaparece por eso, pero conviene aceptar que, en tecnología, saben cosas que aún aprendemos.

La escuela también tiene una oportunidad. Guardar los teléfonos protege la concentración, pero sería una lástima que todo terminara en una caja a la entrada del aula. La educación puede enseñar a leer en papel y en pantalla, a distinguir una fuente confiable de una mentira bien presentada y a crear, no solo consumir. Y, sobre todo, que la tecnología debe estar al servicio de la persona y no al revés.

Porque llegará el día en que nadie pueda quitarles el celular, y entonces podrán pasar una hora mirando videos o leyendo, copiar una respuesta o intentar comprenderla, dejar que la pantalla piense por ellos o usarla para pensar mejor. La diferencia no estará en el aparato, sino en quien lo tiene en la mano. No se trata de satanizar el celular ni de rendirle culto, sino de aprender a usarlo.

Quizá aquella madre, sin proponérselo, nos dejó una lección: su hijo conocía el patrón; ella sabía cuándo quitarle el teléfono. Ahora toca enseñarles algo más difícil: cuándo dejarlo sobre la mesa para conversar, leer, pensar o mirar a quien tienen delante.

Porque el verdadero triunfo de la educación digital no será que sepan manejar perfectamente un celular, sino que sepan manejarse perfectamente a sí mismos cuando tengan uno en las manos.

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