Tocaba escribir algo para Peruanísima, pero no tenía aún un tema. Navegaba por internet, esperando que alguna idea llegara, cuando Nala, mi gata tabby anaranjada, saltó sobre el escritorio, se acomodó plácidamente encima del teclado, y me miró con sus hermosos ojos verdes, con expresión entre indiferente y majestuosa, como si quisiera decirme: «¿Por qué no escribes sobre mí?».
Y así terminé escribiendo sobre gatos.
Hay animales que conquistaron el mundo por la fuerza, otros por su inteligencia y algunos por su capacidad de adaptación.
El gato eligió un camino más elegante: se instaló en nuestras casas, se apoderó de nuestros sillones y corazones, y consiguió que pagáramos su comida mientras él dormía.
Algunos científicos piensan que biológicamente puede ser la criatura más perfecta de este mundo.
Es un cazador formidable, posee reflejos extraordinarios, un oído finísimo y una visión adaptada a condiciones de poca luz. Es ágil, silencioso y flexible. Puede permanecer inmóvil durante horas sin que nadie lo acuse de improductivo. Si un ser humano hiciera lo mismo, alguien le recomendaría buscar trabajo, acudir al psicólogo o, por lo menos, sacar la basura. Al gato, en cambio, le ponemos una manta encima.
Y bien dicen, cuando uno tiene un perro, tiene una mascota. Cuando tiene un gato, uno es la mascota del gato.
Dicen que ellos inventaron el maullido para comunicarse con nosotros pues entre gatos no se maullan, o no lo hacen con la dulzura con que lo hacen para nosotros, cuando nos piden comida o caricias.
El perro siempre está dispuesto a complacernos y cooperar con nosotros. Nos recibe con entusiasmo, aprende nuestras reglas y, llegado el caso, podría arriesgar la vida por protegernos. El gato ha negociado un contrato mucho más favorable: nosotros ponemos la casa, la comida, el agua y la cama; él pone su presencia. Y, si está de buen humor, hasta permite que lo acariciemos.
Desde el punto de vista evolutivo, la estrategia es admirable. Mientras otros animales tuvieron que adaptarse a las exigencias humanas, el gato consiguió instalarse en nuestro mundo conservando buena parte de su independencia. No necesitó convertirse en un perro pequeño ni aprender a obedecer como un soldado. Le bastó con descubrir que vivir cerca de nosotros ofrecía ventajas considerable, su belleza hacía el resto.
El gato no se dejó domesticar: nos hizo creer que lo habíamos domesticado.
Nos ve como felinos gigantes, aunque lentos, torpes y bastante limitados. Ni siquiera sabemos cazar ratones, no podemos caminar con gracia por una barandilla, saltar con potencia y elasticidad, olemos raro porque nos bañamos con agua y jabón y tenemos la fea costumbre de salir de casa todos los días, según ellos, una forma absurda y peligrosa de perder el tiempo.
Sin embargo, tenemos algunas habilidades qué nos hacen tolerables: proveemos comida, agua y mantenemos un lugar aceptable para vivir. No somos precisamente un prodigio de la naturaleza, pero podemos resultar aprovechables.
Por eso el gato no nos desprecia del todo.
Un gato puede ignorarnos durante toda la mañana y, de pronto, acercarse al sofá, acomodarse junto a nosotros y empezar a ronronear. Entonces nos sentimos elegidos. Creemos que ha comprendido nuestra soledad, que reconoce nuestras virtudes o que desea expresarnos un cariño profundo.
Nala, regalándonos su belleza
Nos apresuramos a acariciarlo, le hablamos con vocecitas ridículas y le decimos ridiculeces que jamás utilizaríamos con un congénere adulto y pensamos que, por fin, hemos alcanzado una forma superior de entendimiento.
Hasta que cometemos el error de acariciarlo demasiado. La cola empieza a moverse, las orejas cambian de posición, nos mira con severidad pero nosotros insistimos, convencidos de que el amor todo lo puede, y entonces llega el arañazo o el mordisco.
Un instante antes ronroneaba sobre nuestras piernas; ahora se retira ofendido, como patrón mal servido. Y nosotros nos quedamos mirando la pequeña herida, preguntándonos qué hicimos mal.
La respuesta es sencilla: confundimos una concesión con un derecho adquirido.
Que el gato haya aceptado nuestras caricias, no significa que esté obligado a soportarlas en exceso. Él puede acercarse cuando quiera, marcharse cuando le dé la gana, y dosificar el grado de las caricias.
Y hay algo saludable en esa independencia. El gato puede querernos sin estar pegado a nosotros, buscar nuestra compañía sin aceptar que lo levantemos en brazos y preferir otra habitación sin que eso constituya una tragedia familiar.
Por eso, algunas noches, cuando le apetece, Nala me concede el privilegio de su compañía y duerme conmigo en mi cama. Pero, de pronto, justo cuando estoy en lo mejor del sueño, decide que ha llegado la hora de marcharse y me lo anuncia maullándome insistentemente al oído. Quizá la reclame algún enamorado felino; quizá tenga sed, hambre o alguna otra urgencia. Sea cual sea el motivo, Nala no está dispuesta a esperar. Hay que levantarse y abrirle la puerta. Al fin y al cabo, para eso tiene personal de servicio.
El filósofo Jean-Jacques Rousseau escribió: «La libertad consiste menos en hacer su voluntad que en no estar sometido a la de otro». Aunque no estaba pensando en los gatos, difícilmente habría encontrado un ejemplo más convincente de esa idea.
Muchos creen que los gatos solo nos buscan por interés o que son incapaces de querernos como los perros. Pero los gatos también crean vínculos y expresan afecto a su manera, sin ajustarse a nuestras expectativas. No es que no nos quieran; simplemente, no sienten la obligación de demostrárnoslo a cada rato.
A estas cualidades se añade una creencia popular bastante más misteriosa: que los gatos detectan las vibraciones humanas, distinguen las buenas de las malas y se acercan cuando perciben tristeza o energías negativas. Algunos incluso les atribuyen la capacidad de ahuyentar fantasmas y presencias paranormales indeseables.
La ciencia no ha demostrado que puedan detectar energías sobrenaturales ni espantar entidades del más allá. Sí sabemos que sus sentidos son mucho más agudos que los nuestros y que pueden advertir sonidos, movimientos y olores que pasan inadvertidos para nosotros.
Si el gato mira fijamente una esquina oscura a medianoche, quizá haya visto un insecto. Pero si eriza el lomo y sale disparado, hasta el más escéptico preferirá investigar al día siguiente. Y si se acerca cuando estamos tristes, tal vez busque calor o detecte nuestro desánimo. Aunque, quién sabe, quizá también esté espantando alguna presencia indeseable. Por si acaso, mejor no interrumpirlo: nunca se sabe qué asuntos se trae con el más allá.
Quizá el problema sea nuestro: necesitamos pruebas constantes de afecto, como si el cariño tuviera que renovar sus credenciales cada mañana. El gato, en cambio, no está para esos trámites; bastante tiene con sus propios asuntos.
Y, sin embargo, cuando se acomoda cerca de nosotros, ronronea o nos busca después de un largo rato de indiferencia, podemos encontrar ahí una forma genuina de compañía. No hace falta convertirlo en un pequeño ser humano para reconocer que existe un vínculo.
El gato nos recuerda que querer a alguien no equivale a poseerlo y que la intimidad no exige renunciar a la libertad. Una lección nada despreciable para una especie que lleva siglos escribiendo tratados sobre el amor y todavía se pelea por decidir quién tiene el control remoto.
Hay otra razón para admirar al gato: su relación con el tiempo.
En una sociedad obsesionada con la productividad, donde hasta dormir requiere aplicaciones que midan nuestro descanso, el gato vive sin remordimientos: come, duerme y contempla el horizonte con expresión de sabio milenario. Quizá medite sobre el universo; quizá haya visto una mosca. No lo sabremos, y a él poco le importa. Mientras nosotros corremos de un lado a otro, preocupados por aprovechar cada minuto, él disfruta de una siesta sobre el cojín más mullido que tenemos y no le importa dejarlo lleno de pelos.
Y encima nos sentimos felices de verlo así.
La ironía es magnífica: la humanidad ha conquistado el espacio y desarrollado la inteligencia artificial, pero el gato nos recuerda que la felicidad puede estar en una simple caja de cartón. Podemos gastar una fortuna en juguetes sofisticados; él preferirá una bolita de papel o una caja de cartón. Al parecer, el progreso no siempre consiste en añadir cosas, sino en saber ignorarlas.
Podemos comprarle una cama ortopédica, pero él preferirá dormir sobre la ropa recién planchada.
¡Qué tal comodidad!
No confundamos admiración con ciencia: la evolución no crea seres perfectos, sino organismos adaptados a determinadas condiciones, cada uno con sus ventajas y limitaciones. Así que el gato quizá no sea el animal más perfecto del planeta, pero pocos han sabido adaptarse tan bien a la convivencia con los humanos sin renunciar a su independencia.
Es un depredador solitario que ha encontrado una forma de cooperación con una especie mucho más grande y poderosa. Obtiene refugio y alimento, conserva buena parte de sus instintos y mantiene una notable autonomía. Nosotros, a cambio, recibimos compañía, entretenimiento y la satisfacción de cuidar a un tigre en miniatura, un animal que parece no necesitar demasiado de nosotros, aunque agradezca que estemos ahí.
El gato no conquistó el mundo por la fuerza, sino con agilidad, independencia y el talento de convertir sus necesidades en nuestras obligaciones. Si triunfar consiste en adaptarse, sobrevivir y conseguir que otro pague las facturas, estamos ante un genio digno de estudio.
Y todavía hay quien piensa que tiene un animal doméstico.
Quizá algún día la ciencia revele todos los secretos de estos pequeños soberanos. Mientras tanto, disfrutemos de su compañía, respetemos sus límites y agradezcamos cada ronroneo sin confundir el privilegio con un derecho.
Nosotros seguimos creyendo que tenemos un gato. Él lleva siglos convencido de que tiene personal de servicio.
Carlos Antonio Casas Suárez, escritor y empresario dedicado a la difusión cultural y las tecnologías de la información. Tiene una carrera destacada gerenciando varias empresas a nivel nacional. Es un ávido lector y de esa afición, nació la idea de compilar las lecturas que usted lee hoy en esta revista.