LA PALABRA EMPEÑADA

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Mi padre tuvo varios negocios, y en todos algo que no enseñan en ninguna escuela de administración: atender a la gente es una manera de servirla, y la ganancia viene después, casi de yapa. Daba crédito con una facilidad que erizaba el pelo a cualquier contador. No pedía garantías ni letras firmadas. Le bastaba un nombre, una mirada de frente y un apretón de manos.

La mayoría le respondió. Unos pagaron puntuales, otros con algún retraso, otros después de dar mil vueltas y esconderse detrás de un poste cada vez que lo veían venir, pero pagaron. Y años después seguían saludándolo con respeto en la calle, porque una deuda honrada dejaba una amistad.

Hubo sinvergüenzas, claro, nunca faltan. Esos miserables se llevaron la mercadería y no devolvieron ni el saludo. Mi padre no los persiguió, pero estoy seguro de que la vida y Satanás ya se encargarán de cobrarles, y con intereses.

Y hubo también casos excepcionales. Como el de aquel señor que desapareció durante cuatro años y un día se presentó con una botella de vino, pagó la deuda completa con sus intereses y pidió disculpas por la demora y por la ausencia. Ese sí era un verdadero caballero.

Empeñar la palabra era cosa de caballeros. Una palabra empeñada valía tanto o más que un contrato notarial.

Hoy la palabra vale poco, porque los caballeros escasean.

Cuando uno compra algo en cuotas, le piden legalizar firma, adjuntar recibo de luz y tomarse una foto sosteniendo el DNI, como si fuera un secuestrado mandando prueba de vida.

Empeñar es dejar algo en prenda con la promesa de volver por ello. Con la palabra pasa igual. Al prometer, la dejamos en manos de otro, y cumplir es ir a recuperarla. El problema es que muchos la empeñan con la alegría del que firma un pagaré en una fiesta, confiando en que el otro se olvide de ello.

Nuestro idioma tiene frases tramposas que ya se volvieron clásicas. “Ahorita voy”, “Mañana sin falta”, “El lunes te deposito”: frases que ya nadie cree y de las que muchos abusan.

Y las excusas parecen sacadas del mismo manual. Enferman a la abuelita y matan a la suegra con tanta frecuencia que uno diría que las tienen por docenas.

Todos hemos fallado alguna vez, y eso se entiende. Pero el asunto es distinto cuando fallar se vuelve costumbre y la excusa, un oficio.

Y es que muchos han perdido la vergüenza. Como dice el dicho, tienen “cara de palo”: ni se ruborizan. Antes el que quedaba mal se ponía colorado, bajaba la mirada y hasta cambiaba de vereda. Ahora no: saludan con una sonrisa, piden otro favor y hasta se ofenden cuando uno les cobra.

Por eso, antes de decir “sí”, conviene preguntarse algo muy simple: ¿voy a poder cumplir? Porque el “no” duele cinco minutos, y el “sí” incumplido puede doler años, sobre todo a quien confió.

Quien cumple no hace ruido. No repite que es de palabra, no da discursos. Aparece a la hora, devuelve lo prestado y paga lo que debe. Con los años, su palabra ya no necesita testigos ni sellos. Basta con su nombre.

Pero en estos tiempos, ¿quedarán todavía caballeros de esos?

Es una pena que la palabra ya no valga como antes, y una muestra de la decadencia moral de las sociedades modernas, que lograron inventar la firma digital, las cámaras de seguridad y los contratos de cuarenta páginas, pero no consiguieron que alguien nos crea cuando decimos “te lo juro”.

Mi padre confió en la gente, y la mayoría no lo defraudó. Quizá por eso, aunque ya no esté en este mundo, su palabra sigue valiendo más que la de muchos que hoy usan saco y corbata y se creen señores.

Y quien malgasta su palabra termina sin nada que dejar en prenda.

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