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Cuando el Perú se pone a cantar
Hay países que se reconocen por sus paisajes, otros por sus monumentos y algunos por sus guerras. El Perú, además de todo eso, tiene una manera muy particular de reconocerse: basta escuchar una guitarra, el golpe seco de un cajón y una voz que se quiebra ligeramente al cantar un vals para que algo dentro de nosotros diga: esto es mio, ¡Que viva el Perú!
La música criolla no nació en los salones elegantes ni fue propiedad exclusiva de los grandes teatros. Creció en las calles, en los callejones, en las reuniones familiares, en las antiguas quintas limeñas y en esos patios donde siempre había alguien dispuesto a cantar, aunque no tuviera una gran voz. Porque para cantar música criolla nunca fue indispensable tener una voz extraordinaria; bastaba tener algo que contar y mucho corazón.
La música criolla peruana es el resultado de un largo proceso de mestizaje cultural. En ella confluyeron tradiciones musicales europeas, africanas y andinas, que con el paso del tiempo fueron adquiriendo una personalidad propia, especialmente en la costa central del Perú.
Lima fue uno de sus principales centros de desarrollo. Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, los barrios populares, particularmente el Rímac y los antiguos sectores de la Lima tradicional, se convirtieron en espacios donde esta música encontró su hogar.
Allí se mezclaron las guitarras de herencia española, los ritmos afroperuanos, las formas musicales europeas y las expresiones populares de una sociedad profundamente diversa. De ese encuentro surgió una música capaz de hablar de amor, de pobreza, de orgullo, de nostalgia, de desengaños y de esa alegría un poco traviesa que caracteriza a tantos peruanos.
La música criolla no es, por tanto, una simple suma de influencias. Es una creación cultural que terminó hablando con voz propia.
Cuando hablamos de música criolla, muchas personas piensan inmediatamente en el vals. Y tienen razón: es su expresión más representativa. Pero el universo criollo es bastante más amplio.
El vals criollo es probablemente el género más querido y reconocible. Tiene compás ternario, generalmente de 3/4, y sus melodías suelen acompañar letras cargadas de romanticismo, nostalgia y escenas de la vida cotidiana. En sus versos caben una despedida, un amor imposible, una calle antigua o el recuerdo de alguien que ya no está.
La polka criolla, por su parte, tiene un carácter más alegre y vivaz. Su ritmo, generalmente en 2/4 o 4/4, invita al movimiento y aporta una nota festiva al repertorio popular.
La marinera limeña es una expresión musical y dancística vinculada al cortejo, al ingenio y al juego de miradas. Tiene gracia, picardía y elegancia. En ella, el pañuelo parece tener vida propia y los bailarines conversan sin necesidad de pronunciar una palabra.
A este repertorio se suman la zamacueca, antecedente histórico de varias danzas de pareja de la región, y los géneros afroperuanos como el festejo y el landó, que aportan una riqueza rítmica extraordinaria, con protagonismo de la percusión y una profunda conexión con la herencia africana.
Cada género tiene su carácter, pero todos forman parte de una misma familia musical.
Hay instrumentos que parecen haber nacido para encontrarse. La guitarra y el cajón peruano son, sin duda, dos de los grandes protagonistas de la música criolla.
La guitarra sostiene la melodía, acompaña la voz y construye esos acordes que pueden sonar alegres o profundamente melancólicos. El cajón, en cambio, aporta el pulso, la cadencia y la fuerza rítmica que distinguen a buena parte de nuestra música costeña.
A ellos se suman otras guitarras, el piano, el contrabajo y diversos instrumentos de percusión, según el género y los arreglos musicales.
El resultado es una sonoridad singular: una música que puede comenzar con una guitarra casi susurrante y terminar con todos los presentes golpeando las palmas, siguiendo el ritmo y pidiendo, por supuesto, que no se termine la jarana.
Toda tradición musical necesita personas capaces de convertir las experiencias de su tiempo en canciones que sobrevivan a sus autores. La música criolla tuvo esa fortuna. Algunos compositores consiguieron algo extraordinario: escribir sobre su época y terminar hablando también de las generaciones que todavía no habían nacido.
Entre sus figuras fundamentales destacan tres nombres.
Felipe Pinglo Alva (1899-1936): el cronista de la Lima popular
Considerado uno de los grandes padres del criollismo, Felipe Pinglo Alva fue mucho más que un compositor de valses románticos. Supo observar la sociedad limeña y convertir sus contradicciones en canciones.
En sus obras aparecen los humildes, los enamorados, los trabajadores y aquellos hombres que, pese a sus limitaciones económicas, conservaban intacta su dignidad.
Su composición más conocida, «El plebeyo», cuenta la historia de un hombre humilde enamorado de una mujer de posición social elevada. El amor tropieza aquí con una barrera que no está en el corazón de los protagonistas, sino en los prejuicios de la sociedad.
Entre sus composiciones más recordadas también figuran «El huerto de mi amada», «Mendicidad» y «La oración del labriego».
Pinglo no necesitó grandes discursos para hablar de justicia social. Le bastó una guitarra y una historia humana.
Chabuca Granda (1920-1983): la poeta de la canción peruana
María Isabel Granda y Larco, conocida como Chabuca Granda, transformó el vals criollo mediante una poesía elegante, original y profundamente peruana.
Sus composiciones evocan personajes, calles, costumbres y paisajes con una sensibilidad extraordinaria. En sus canciones, Lima deja de ser solamente una ciudad y se convierte en un recuerdo vivo.
«La flor de la canela», su obra más universal, es probablemente una de las canciones peruanas más conocidas en el mundo. También destacan «José Antonio», «Fina estampa» y «El puente de los suspiros».
Chabuca no se limitó a conservar una tradición: la renovó, la enriqueció y la llevó más allá de nuestras fronteras.
Augusto Polo Campos (1932-2018): el compositor del sentimiento nacional
Augusto Polo Campos fue uno de los compositores más populares del criollismo moderno. Su capacidad para escribir melodías memorables y letras de fuerte contenido emocional lo convirtió en una figura fundamental del repertorio peruano.
Sus canciones abarcaron el amor, la nostalgia y el sentimiento patriótico. Entre sus composiciones más conocidas se encuentran «Cuando llora mi guitarra», «Contigo Perú», «Y se llama Perú», «Regresa» y «Cada domingo a las doce».
Con «Contigo Perú» y «Y se llama Perú» consiguió algo que pocos compositores logran: convertir una canción en una expresión colectiva de identidad. Sus melodías acompañan celebraciones deportivas, reuniones familiares y momentos en los que los peruanos sienten la necesidad de recordar que pertenecen a una misma tierra.
La historia del criollismo no estaría completa sin mencionar a otros grandes representantes:
- Óscar Avilés: extraordinario guitarrista, compositor y arreglista, conocido como la Primera Guitarra del Perú. Su trabajo fue fundamental para la evolución y difusión de la música criolla.
- Alicia Maguiña: compositora y cantante que enriqueció el repertorio peruano con obras como «Inocente amor» y «Estampa limeña».
- Manuel Acosta Ojeda: destacado compositor e intérprete, autor de canciones de profunda sensibilidad social y humana.
- Rafael Otero: compositor de valses que forman parte del repertorio tradicional.
- Manuel Raygada: autor de canciones muy vinculadas al sentimiento y la identidad peruana.
- Mario Cavagnaro: compositor que aportó nuevas formas expresivas al vals y a la música popular.
- Nicomedes Santa Cruz: poeta, investigador y difusor de la cultura afroperuana, cuya obra resulta fundamental para comprender la riqueza de nuestras raíces musicales.
Todos ellos, desde sus propias sensibilidades, contribuyeron a construir una tradición que sigue viva.
Las voces que la hicieron inmortal
Pero una canción, por hermosa que sea, necesita una voz que la haga llegar al corazón de la gente. Y la música criolla peruana tuvo intérpretes extraordinarios que consiguieron convertir muchas composiciones en verdaderos himnos populares. Entre ellos destaca Jesús Vásquez, conocida como la Reina y Señora de la Canción Criolla, cuya voz elegante y emotiva marcó una época.
También brillaron Lucha Reyes, con su interpretación intensa y desgarradora; Arturo «Zambo» Cavero, dueño de una voz inconfundible y de una enorme capacidad para transmitir sentimiento; y Eva Ayllón, heredera de esa tradición y una de sus grandes embajadoras contemporáneas. A ellos se suman Lucila Campos, figura fundamental de la música afroperuana; Rómulo Varillas, voz emblemática de Los Embajadores Criollos; y Luis Abanto Morales, quien conquistó al público con canciones de profundo contenido popular.
No podemos olvidar a Óscar Avilés, cuya guitarra acompañó a varias de estas grandes voces y se convirtió, por derecho propio, en una de las más representativas de nuestra música. Cada uno tuvo su propio estilo, pero todos compartieron algo: esa capacidad de interpretar una canción como si estuvieran contando una historia que también nos pertenece.
Las canciones que se volvieron eternas
Hay canciones que uno escucha y olvida al cabo de unos días. Otras, en cambio, se instalan en la memoria y ya no se marchan. Las encontramos en una reunión familiar, en una celebración, en la radio de un taxi o en la voz de algún abuelo que, de pronto, parece recuperar veinte años de juventud.
Entre las canciones más emblemáticas del repertorio criollo destacan las siguientes:
«El plebeyo», de Felipe Pinglo Alva
Es una de las composiciones más representativas del criollismo. Narra un amor imposible marcado por las diferencias sociales. Su protagonista es un hombre que reclama el derecho a amar sin que su origen determine el valor de sus sentimientos.
Es una canción romántica, pero también una reflexión sobre la desigualdad y los prejuicios.
«La flor de la canela», de Chabuca Granda
Es una evocación poética de la Lima tradicional. Sus versos recrean una ciudad de calles antiguas, elegancia cotidiana y personajes inolvidables.
Su fama trascendió las fronteras peruanas y llegó a escenarios internacionales. Pocas canciones han conseguido representar tan bien una imagen sentimental del Perú.
«Contigo Perú», de Augusto Polo Campos
Esta canción se convirtió en uno de los grandes símbolos musicales del sentimiento nacional. Su interpretación está especialmente asociada a Arturo «Zambo» Cavero y Óscar Avilés.
Es una de esas composiciones que hacen que muchas personas, incluso aquellas que normalmente no cantan, terminen acompañando la melodía con entusiasmo.
«Regresa», de Augusto Polo Campos
Un vals profundamente sentimental, asociado de manera especial a la inolvidable Lucha Reyes.
Habla de la ausencia y del deseo de recuperar un amor perdido. Su interpretación transmite esa mezcla de tristeza, esperanza y vulnerabilidad que caracteriza a los grandes valses románticos.
«Cuando llora mi guitarra», de Augusto Polo Campos
Una canción que convierte a la guitarra en compañera del dolor. Su melodía y su letra expresan la nostalgia de quien encuentra en la música una manera de decir lo que las palabras comunes no alcanzan a explicar.
«José Antonio» y «Fina estampa», de Chabuca Granda
Dos composiciones que revelan la capacidad de Chabuca para retratar personajes con una sensibilidad casi literaria.
En ellas aparecen la elegancia, las costumbres y la estampa de una época. No son solamente canciones: son pequeñas escenas de una Lima que permanece viva en la imaginación colectiva.
Otros clásicos que merecen ser escuchados
La lista sería incompleta sin «Cholo soy», de Luis Abanto Morales, una canción que expresa el orgullo de la identidad mestiza y andina; «Callejón de un solo caño», vinculada al repertorio de Victoria Santa Cruz; «Mal paso», «Nada soy» y «Propiedad privada», valses que han encontrado un lugar permanente en la interpretación de grandes voces peruanas.
No todas estas canciones pertenecen exactamente a la misma vertiente musical, pero forman parte del amplio universo de la canción popular peruana y de la memoria afectiva de varias generaciones.
El Día de la Canción Criolla
Cada 31 de octubre, el Perú celebra el Día de la Canción Criolla. La fecha fue establecida en 1944, durante el gobierno de Manuel Prado Ugarteche, como reconocimiento a una expresión artística que había conseguido arraigarse profundamente en la identidad nacional.
Desde entonces, guitarras, cajones y voces se reúnen en peñas, restaurantes, centros culturales y hogares de todo el país.
La celebración coincide con Halloween, una festividad que ha ganado popularidad en las últimas décadas. Pero no hay razón para convertir una fecha en enemiga de la otra. Cada celebración tiene su espacio. Lo importante es que la música criolla no quede relegada al recuerdo de un día en el calendario.
Porque una tradición no se mantiene viva simplemente con homenajes. Necesita ser escuchada, interpretada, enseñada y transmitida
La música criolla es mucho más que un conjunto de ritmos y canciones. Es una parte de nuestra historia social, una expresión del mestizaje peruano y un testimonio de la vida cotidiana de varias generaciones.
En sus letras encontramos amores imposibles, despedidas, personajes populares, calles desaparecidas, injusticias sociales y sentimientos que siguen siendo los mismos, aunque cambien los tiempos.
Quizá por eso estas canciones no envejecen del todo. Un joven puede escuchar hoy «El plebeyo» y comprender la injusticia que describe. Una persona que nunca conoció la Lima de Chabuca Granda puede emocionarse con «La flor de la canela». Y alguien que jamás ha pisado una peña criolla puede sentir un nudo en la garganta cuando escucha «Contigo Perú».
La música tiene esa extraña virtud: consigue que personas de distintas edades, lugares y experiencias compartan, durante unos minutos, el mismo sentimiento.
El escritor francés Victor Hugo dijo: «La música expresa aquello que no puede decirse con palabras, pero que tampoco puede permanecer en silencio».
Y quizá ahí esté el secreto de nuestra música criolla.
Porque cuando una guitarra empieza a sonar y el cajón responde, cuando alguien pide una canción de Pinglo o recuerda a Chabuca, no estamos simplemente escuchando una melodía. Estamos recuperando una parte de nosotros mismos.
Y entonces sucede algo muy peruano: alguien se anima a cantar, otro pide que repitan el vals y un tercero, que hasta ese momento parecía distraído, termina golpeando la mesa al compás.
La jarana continúa.
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