¿PUEDE UNA MÁQUINA CONDENAR A UN ESCRITOR?

por Carlos Antonio Casas
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Reinicio

Hace poco, un estudiante universitario me soltó, con tremendo desparpajo, que burlar a los detectores de inteligencia artificial es facilísimo. Basta, me dijo, desordenar el texto y meterle unos cuantos errores. 

No sé si es cierto, pero la idea resulta inquietante.

Porque, si lo fuera, tendríamos que escribir peor para que nos crean humanos. ¿Estamos llegando al extremo de tener que evitar la excelencia al escribir para demostrar que somos humanos?

Hoy casi todos recurren a la IA para algo: redactores, estudiantes, secretarias, periodistas y profesionales de todos los ámbitos la usan para corregir la ortografía, mejorar la sintaxis o pulir sus escritos. ¿Hay algo inmoral en ello? ¿Es acaso un pecado literario?

Yo creo que no. Quien se sirve de la máquina para mejorar lo que escribe sigue siendo el autor. Quien le encarga el texto entero y se lleva los aplausos, no.

El caso del escritor peruano David Silva Rojas muestra bien el problema. En julio ganó el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat con «Donde el agua trabaja», elegida entre 2.204 manuscritos. Poco después, según una investigación de El País, el detector Pangram 4.1 marcó el 99 % de la novela como probable texto de IA. Silva Rojas lo negó. La editorial suspendió las presentaciones en España mientras revisaba el caso, pero no ha anulado el premio.

Un porcentaje alto no es una prueba. Los detectores confunden prosa humana con prosa de máquina, y también dejan pasar textos fabricados por ellas. Sus resultados valen como indicio, y un indicio solo se sostiene junto a otros antes de manchar la reputación de nadie.

Al fin y al cabo, una máquina analiza patrones; una mente humana puede interpretar matices, contrastar indicios y descubrir contradicciones. 

¿Qué indicios? Los borradores, el historial de versiones, las notas de trabajo, una charla larga sobre cómo se escribió el libro. Ninguna basta sola, pero juntas pesan bastante más que un número. 

Una conversación revela mucho sobre el léxico, la capacidad argumentativa, la riqueza de  ideas y la cultura general. 

Si alguien con un léxico limitado y escasa capacidad para desarrollar razonamientos complejos, de pronto, presenta un texto de extraordinaria elaboración intelectual, es legítimo preguntarse cómo se produjo semejante salto.

De ahí la importancia, en los centros de estudios superiores, de sustentar las tesis: una cosa es presentar un trabajo y otra muy distinta demostrar que se domina lo que en él se afirma.

La discrepancia merece examinarse, aunque no constituye una prueba definitiva: hay personas que escriben mucho mejor de lo que hablan, y otras que necesitan tiempo, silencio y correcciones para ordenar sus pensamientos.

¡Qué tiempos estos, en los que la perfección levanta sospechas, la gramática impecable despierta recelos y escribir bien parece haberse convertido en una circunstancia agravante!

La literatura necesita honestidad, sí, pero también justicia. La IA puede ayudarnos a corregir un texto y hasta a detectar indicios. Lo que no debería ser nunca es juez y verdugo de quien escribe. Si para probar que somos humanos tenemos que escribir peor, el error está en la fe ciega que le hemos dado a las máquinas.

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