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El que no tiene de Inga (*), tiene de Mandinga
En el crisol de América, la lengua de Castilla ha bebido el zumo de la papa y el amargor de la coca; ya no es la misma que llegó en los navíos: es una madre que ahora amamanta con leche de volcanes y agua de lagunas sagradas.
Gamaniel Churata
Hace 534 años, Cristóbal Colón llegó a América con la ingenua creencia de que había llegado a las Indias por las rutas occidentales, por lo que se dio en llamar al lugar las Indias Occidentales y a sus habitantes, indios.
Los navegantes que llegaron con Colón pensaban inaugurar una ruta para llevar especias de la India a Europa, pero, al encontrarse con un continente enorme, tan enorme que decidieron quedarse para siempre, cambiaron el curso de la historia. América era más grande que Europa. Todo el continente europeo cabe en Estados Unidos.
Con Cristóbal Colón nos llegó, desde los reinos de Castilla y Aragón, en la península ibérica, la cultura castellana, que después sería la cultura española, junto con un importante paquete de genes.
Un día 12 de octubre, como hoy, los genes andinos empezaron a mezclarse con los genes mediterráneos. Los ibéricos se encontraron con un continente que ni siquiera soñaban que existía. Aquí encontraron una pléyade de bellas mujeres con quienes perpetuar una nueva especie: un mestizaje del que somos descendientes. Además, trajeron su lengua, su religión, sus costumbres y sus modos de comportamiento. La composición genética actual de la población hispana o latina de América, en términos generales, es de carácter híbrido, lo que significa que el ADN de la región es el resultado de la mezcla de tres grandes fuentes continentales: indígena americana (amerindia), en un 64-69 %; europea, en un 25-30 %; africana subsahariana, en un 2-4 %; y, en una proporción mínima, asiática, en torno al 0,5-1 %.
El mestizaje en el Perú, a pesar de los cuestionamientos interesados, dio lugar a una de las síntesis culturales y biológicas más ricas del planeta. Desde una perspectiva antropológica, sociológica y científica, el mestizaje no debe entenderse como la pérdida de identidades puras, sino como la creación de una matriz completamente nueva, con valores y fortalezas particulares. La mezcla de ascendencias nativa americana, europea, africana y asiática contribuyó a la diversidad genética de la población peruana. Sin embargo, atribuirle directamente una mayor resistencia a las enfermedades infecciosas o ambientales requiere matices científicos. El ADN peruano combina adaptaciones asociadas a la resistencia al frío y a la eficiencia metabólica en condiciones de escasez, herencia de los pueblos andinos de altura, con otras adaptaciones vinculadas a distintos entornos geográficos y a las poblaciones de diversos orígenes. También se han planteado aportes genéticos relacionados con el metabolismo y la longevidad, aunque no es posible atribuir de manera general esos beneficios a un único origen continental.
Por otra parte, el mestizaje aportó el valor del sincretismo religioso, dando lugar a expresiones espirituales propias de nuestra historia. La sinergia cultural es otro de sus aportes, pues permitió que la cosmovisión y los saberes ancestrales se fusionaran con los conocimientos desarrollados en Europa. En cuanto a la innovación gastronómica, el mestizaje peruano le dio al mundo otra mirada y otro sabor en la comida. Finalmente, contribuyó a forjar una identidad flexible y una resiliencia colectiva, así como nuevas expresiones artísticas y creativas dentro de una riqueza lingüística sin par.
A diferencia de los ingleses en Norteamérica, los hispanos no exterminaron a todas las poblaciones nativas. Crearon un virreinato en el que se fundó la primera universidad del continente americano, San Marcos, en 1551. La primera universidad de Norteamérica, Harvard, fue fundada en 1636. Llegaron con ellos la religión católica, el idioma y, en general, los usos y las costumbres hispanas de la época. Se fundaron cientos de ciudades en las que se asentaron, dejando una descendencia. No es cierto, como dicen algunos, que vinieron únicamente a robar el oro. Muchos vinieron a quedarse y a vivir aquí.
Pocas invasiones de otras culturas nos han traído todo lo que su civilización ofrecía en su época: una lengua de tradición literaria, universidades, arquitectura y, en definitiva, todo un bagaje cultural que nos permite sentirnos parte de Occidente y de la vieja tradición grecorromana. Lo que vivimos fue un virreinato, es decir, una administración española en el Perú. No fuimos nunca una colonia, como las que existieron en Norteamérica.
El Virreinato del Perú no fue una mera dependencia colonial explotada, sino que se convirtió en uno de los dos grandes polos culturales de la América española, junto con México, donde germinaron aportes científicos y se produjo un desarrollo económico que contribuyó al Imperio español y a los propios virreinatos. Ambos territorios alcanzaron un grado de sofisticación urbana, académica y tecnológica que rivalizaba, en determinados aspectos, con el de las principales capitales europeas. En ambos se crearon universidades durante el siglo XVI, aunque no en el mismo año: la Universidad de San Marcos fue fundada en 1551 y la Real y Pontificia Universidad de México, en 1551 también.
El Perú fue un territorio donde el idioma castellano adquirió características propias y se desarrolló una importante tradición lingüística y literaria. Lima se convirtió en uno de los principales centros culturales de la América española. Las monedas acuñadas en las cecas de Lima y Potosí alcanzaron una circulación internacional extraordinaria y se convirtieron en piezas fundamentales del comercio mundial. Las rutas marítimas del Pacífico y del Atlántico interconectaron los territorios y mercados de aquella época.
La alimentación mundial se vio favorecida por cuatro grandes aportes americanos: la papa, el maíz, la yuca y el cacao. Por otra parte, llegaron de España animales de granja desconocidos en estas tierras, mientras que hacia Europa se llevaron productos y especies animales americanos, entre ellos el pavo, el pato criollo y el cuy. Asimismo, la incorporación de ingredientes procedentes de distintas regiones del mundo, junto con la combinación de técnicas y tradiciones culinarias, contribuyó a una verdadera revolución gastronómica.
Sin embargo, el mundo andino ha sabido resistir, preservar su legado e influir en esta creativa fusión de la que somos, sin excepción, depositarios orgullosos.
La primera peruana oficial se llamó Francisca Pizarro Yupanqui, hija del marqués de Atavillos y fundador del Perú, Francisco Pizarro. Fue promotora de la construcción del Palacio de la Conquista, en la plaza Mayor de Trujillo (España), así como de la catedral de la plaza Mayor de Lima (Perú), además de otras obras y donaciones. Entre estas destaca el convento de La Merced, en Trujillo, donde estuvo Tirso de Molina, quien no la olvidó en sus escritos y la elogió en su obra Amazonas en las Indias. Esta mujer, asentada en España, vivió una vida cortesana y murió a los 63 años.
En resumen, nuestra cultura, en mayor o menor medida, se fusionó. Ahora somos Gutiérrez-Huamán, Gonzales-Yupanqui o Rodríguez-Vilca; hablamos español y quechua o aimara, rezamos ante la cruz de Borgoña o ante las «mamachas» y hacemos ofrendas a los apus andinos, sin vergüenza ni enconos por lo que pudo haber pasado hace más de medio milenio. Somos fruto del mestizaje, como lo fueron Micaela Bastidas Puyucahua e Inca Garcilaso de la Vega, hijo de Isabel Chimpu Ocllo. Negar o renegar de ese pasado es absurdo.
Los peruanos tenemos, en promedio, una importante proporción de ascendencia amerindia autóctona, es decir, de origen incaico o andino, además de ascendencias africanas y asiáticas en menor medida. El resto corresponde, en buena parte, a la ascendencia europea, especialmente mediterránea. Las proporciones exactas varían considerablemente según la población estudiada y la región del país.
Ya lo sabían desde el Perú virreinal, cuando se decía: «El que no tiene de inga (inca, en español antiguo), tiene de mandinga». Así pues, los peruanos somos, en buena proporción, andinos, al igual que algunos norteamericanos, que también llevan genes de poblaciones autóctonas como los siux, aunque las proporciones varían de una persona a otra.
Entonces, celebremos esta fecha, como quizá en un futuro, en el año 4492, se celebre la mezcla de genes humanos con genes alienígenas. Seamos capaces de asumir lo que pasó, sin rencores ni resentimientos. No somos los incas puros, así como los mexicanos tampoco son los aztecas puros: somos una fusión creativa.
Ningún gen es superior a otro; la superioridad la determina el comportamiento social. De ese comportamiento depende que seamos más o menos prósperos, que alcancemos una mayor calidad de vida o no. De cómo construimos nuestra historia depende nuestro grado de desarrollo.
Adiós a la costumbre de culpar a los hispanos, mediante leyendas negras, de todo lo que ocurrió hace más de 500 años y de nuestras limitaciones actuales. Tampoco pidamos perdón ni disculpas a personas que murieron hace siglos, ni atribuyamos culpas a sus descendientes por el hecho de que sus antepasados llegaran a estas tierras y participaran en el comienzo de esta mezcla de genes y culturas.
La arcilla andina no volvió a estar sola desde que la mano hispana moldeó nuevas figuras. De aquel cruce heroico no brotó el vacío, sino un río nuevo que hoy canta con dos lenguas. En nuestras venas conviven la nieve impasible de las cumbres que desafían al sol y el rumor del océano que trajo carabelas cargadas de guitarras y especias. No somos la herida ni somos el arma; somos la cicatriz que ha aprendido a florecer, la herencia que trenza el oro de los retablos coloniales con la piedra viva de los templos incas. Mi voz es un eco mestizo que sube al Huascarán, reza en el castellano de Cervantes y siente el latido de la Pachamama bajo los pies.
Entonces, solo me queda saludar a los pensantes y a las personas de mente abierta, deseándoles un 12 de octubre saludable y de brindis largo, por el primer Gutiérrez, Gonzales, Rodríguez, Martínez, Sánchez o Echegaray que dejó sus genes en estas tierras, y por la primera Yupanqui, Vilca, Condorcanqui, Huanqui o Chimpu Ocllo que los recibió.
¡Salud y abrazos a todos los que llevamos con orgullo genes hispanos y andinos.
(*) Inga = inca, en español antiguo.
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