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FZ1073: El vuelo que comenzó a caer
Durante las primeras horas del vuelo FZ1073 nada hacía pensar que aquel viaje pudiera convertirse en noticia. El Boeing 737 MAX de flydubai había despegado de Dubái con destino a Tel Aviv y, una vez alcanzada la altitud de crucero, la rutina había vuelto a apoderarse de la cabina. Algunos pasajeros dormían, otros miraban distraídamente las pantallas de entretenimiento y unos cuantos conversaban en voz baja. En los vuelos nocturnos, cada pasajero parece vivir dentro de su propio espacio, ajeno a los demás. Entre quienes viajaban aquella noche estaban Zvika Manes, su esposa Tali Manes, Yaniv Hayun, Assaf Rajuan y el odontólogo Shota Musaev. Ninguno había subido al avión pensando que tendría que abandonar su asiento antes de llegar a Tel Aviv.
En la cabina de mando, el comandante Smit Machchhar, piloto indio de 39 años y experimentado comandante de Boeing 737, cumplía su trabajo junto al primer oficial. De pronto, sin que nada hubiera anunciado lo que estaba a punto de suceder, el copiloto atacó al comandante con un cuchillo. Machchhar fue acuchillado varias veces en el reducido espacio de la cabina, rodeado por los instrumentos y controles que debían mantener el avión en el aire. Mientras intentaba resistir las heridas, el primer oficial permaneció frente a los mandos y la trayectoria del avión comenzó a cambiar.
Los pasajeros fueron los primeros en sentirlo, aunque no podían saber qué estaba ocurriendo. Al principio, el descenso fue lo bastante gradual como para confundirse con una maniobra normal; después se hizo más pronunciado. Las conversaciones fueron apagándose y las miradas comenzaron a cruzarse. Algunas copas cayeron, varios objetos electrónicos se desplazaron y algún equipaje suelto comenzó a moverse por el pasillo. Los pasajeros levantaron la cabeza y buscaron a los auxiliares de vuelo, esperando encontrar en sus rostros alguna explicación. Entonces las luces de la cabina se apagaron y la presión cambió. El efecto físico fue inmediato: los cuerpos sintieron el descenso y los objetos continuaron desplazándose mientras los auxiliares intentaban mantener el orden y responder a las preguntas que empezaban a surgir por todas partes.
Mientras dentro del avión se intentaba comprender aquella sucesión de acontecimientos, en tierra comenzaban a aparecer señales de una emergencia mucho más grave. Los sistemas de vigilancia mostraron primero el código 7700, utilizado para indicar una emergencia general, y posteriormente apareció el 7500, el código internacional asociado a una interferencia ilícita o a un posible secuestro.
Dentro del FZ1073, la inquietud se había convertido en miedo. Los cinturones se tensaban contra los cuerpos y los pasajeros se miraban entre sí, buscando alguna respuesta. La tripulación de cabina sabía que algo estaba mal, pero tampoco podía observar directamente lo que ocurría en la cabina de mando. La puerta reforzada que separaba ambos espacios permanecía cerrada y detrás de ella estaban los dos pilotos, las personas que debían tener el control del avión. Aquella noche, sin embargo, nadie sabía qué estaba ocurriendo al otro lado. El avión continuaba descendiendo y las comunicaciones con la cabina no ofrecían una explicación clara.
Fue entonces cuando Yaniv Hayun comenzó a dirigirse hacia la parte delantera. No sabía qué encontraría. Solo sabía que el avión descendía y que algo anormal estaba ocurriendo detrás de aquella puerta. Hayun y otros pasajeros intentaron abrirla, pero no cedió. Empujaron nuevamente. Nada. El sistema diseñado para impedir una entrada no autorizada estaba cumpliendo su función y, durante unos instantes, los pasajeros quedaron frente a la puerta sin saber qué estaba sucediendo detrás de ella.
Al otro lado, el comandante Machchhar todavía estaba consciente. Había sido acuchillado varias veces y apenas podía mantenerse en pie, pero aprovechó un instante en que su atacante estaba concentrado en los controles. Se incorporó como pudo, avanzó hacia la puerta y alcanzó el mecanismo de apertura. Lo accionó.
La puerta se abrió.
Los pasajeros que estaban frente a ella vieron entonces lo que hasta ese momento solo habían podido imaginar. El comandante estaba herido y cubierto de sangre. El primer oficial permanecía junto a los controles. La cabina mostraba las huellas de la lucha y los instrumentos seguían indicando que el avión descendía. En un instante, la incertidumbre desapareció. Había habido una agresión dentro de la cabina y el hombre que permanecía frente a los mandos seguía representando una amenaza inmediata.
Hayun no esperó. Entró y se abalanzó sobre el primer oficial, tratando de apartarlo de los controles. Zvika Manes y Assaf Rajuan entraron para ayudarlo. El hombre se resistió y buscó la navaja con la que había atacado al comandante, pero Hayun consiguió impedir que volviera a tomarla. Durante unos segundos, la cabina se convirtió en un reducido espacio de lucha cuerpo a cuerpo. Entre los tres forcejearon con el atacante, intentando inmovilizarlo y mantenerlo alejado de los mandos mientras el avión seguía descendiendo. El espacio era tan reducido que cada movimiento podía afectar a los controles; no había lugar para maniobrar ni tiempo para detenerse a pensar.
La lucha se prolongó hasta que consiguieron reducir al copiloto y sujetarlo. El hombre todavía se resistía y tuvieron que mantenerlo inmovilizado, estrangulandolo con una llave de judo, hasta que finalmente perdió el conocimiento. Solo entonces pudieron apartarlo de los controles.
En medio de aquella confusión, el odontólogo Shota Musaev se ocupaba ya del comandante. Machchhar que había sufrido varias heridas de arma blanca y estaba perdiendo sangre. Musaev comenzó a atenderlo y a controlar las hemorragias mientras los demás pasajeros terminaban de asegurar al atacante. El comandante intentaba mantenerse consciente, pero su estado era grave.
Pero la amenaza inmediata no había terminado, el avión seguía descendiendo.
Hayun, se sentó frente a los controles y recordando lo que había visto en la televisión, logró nivelar el avión, y cuando casi lo conseguía, por suerte para todos los que viajaban en aquel vuelo, llegó la ayuda.
Había dos pilotos de Flydubai entre los pasajeros. Se presentaron en la cabina y asumieron los controles.
Hasta ese momento, cada segundo había contado. Ahora, por primera vez desde que comenzó el ataque, alguien con entrenamiento para pilotar aquel avión volvía a ocupar el puesto que correspondía frente a los mandos.
El descenso pudo ser controlado y el FZ1073 recuperó una trayectoria estable. El avión fue desviado hacia Tabuk, Arabia Saudita, donde se preparó el aterrizaje de emergencia.
Los pasajeros que habían entrado en la cabina permanecieron junto al comandante herido mientras los dos pilotos tomaban el control. Yaniv Hayun, Zvika Manes y Assaf Rajuan habían pasado de sus asientos a una lucha cuerpo a cuerpo en cuestión de minutos. Shota Musaev atendía al comandante mientras el resto de la tripulación hacía frente a una situación que nadie había previsto cuando el avión despegó de Dubái.
No eran un equipo. No se conocían. No habían recibido entrenamiento para enfrentarse juntos a una situación semejante ni habían tenido tiempo para discutir qué hacer. Se encontraron de pronto ante un peligro que amenazaba a todos los que viajaban en el avión y comprendieron que, si nadie intervenía, las consecuencias podían ser irreparables.
Finalmente, el FZ1073 aterrizó en Tabuk. Los equipos de emergencia subieron a bordo y los pasajeros abandonaron la aeronave todavía conmocionados, muchos de ellos incapaces de comprender del todo lo cerca que habían estado del desastre. El comandante fue atendido por las heridas sufridas durante el ataque y el agresor quedó bajo custodia.
Aquel vuelo no se salvó por una sola persona. Se salvó porque, cuando la cabina de mando dejó de ser segura y el avión comenzó a caer, varios pasajeros decidieron actuar. Entraron en el lugar más peligroso del avión, redujeron al hombre que amenazaba los controles y protegieron al piloto herido hasta que los pilotos que viajaban entre ellos pudieron hacerse cargo de la aeronave.
El miedo estaba allí. Lo sintieron todos. Pero no les impidió moverse.
Y durante aquellos minutos en que el FZ1073 descendía hacia el desastre, unos pasajeros que hasta entonces eran simples desconocidos hicieron algo que cualquiera puede entender: se sobrepusieron al miedo, enfrentaron el problema y actuaron.
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