ROGELIO “EL CABO” Y LOS MUCHACHOS DE LA AVENIDA SEOANE

por Roger Bedia Benites
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I. LA CIUDAD QUE DESPERTABA.

En 1977, Abancay amanecía temprano.

Mucho antes de que el sol calentara las calles, la ciudad comenzaba a moverse. Desde las primeras horas de la mañana, hombres y mujeres salían de sus casas rumbo a sus trabajos. Los empleados públicos caminaban apresurados hacia las oficinas burocráticas; los comerciantes abrían sus negocios, otros presurosos iban al mercado de abastos, en el centro de la ciudad; las mujeres con prisa cargaban canastas; los estudiantes que venían desde lejos avanzaban en pequeños grupos por los caminos sin asfaltar hacia el colegio y los vendedores ambulantes comenzaban a instalar sus puestos cerca del mercado vigilados por el “pato Carrión” quien como policía municipal debía cuidar el orden y el ornato de la zona.

Había pocos automóviles. La ciudad todavía pertenecía más a los peatones que a los vehículos. Por el relieve de la ciudad, las calles eran empinadas angostas y en muchos lugares el tránsito parecía una conversación entre vecinos. Los servicios municipales eran deficientes. Había problemas de limpieza, mantenimiento de calles y otros servicios que los pobladores comentaban con resignación.

Pero Abancay tenía algo que las ciudades grandes comenzaban a perder: todos parecían conocerse, por lo menos había vecindad y todos se vinculaban con cualquier pretexto. La vida privada era casi pública. Los niños jugaban a la vista y se podía escuchar lo que hablaban, se podía ver como interactuaban entre ellos.

Entre los adolescentes, si alguien se enamoraba, tarde o temprano se sabía. Si alguien se peleaba, también. Y si un muchacho cometía una tontería, podía estar seguro de que la noticia llegaría a otros barrios antes que él mismo a su casa. Y es que, sin rumores, sin chismes ni noticias reales o imaginarias, entre otros motivos; la vida de las casas, barrios, pueblos o ciudades no tendría el octanaje para moverse.

La ciudad estaba, además, atravesando una transformación. Se estaba urbanizando. A las dos radios emisoras de la localidad se sumaba la televisión, cuya señal había llegado hacía poco. Para muchos hogares, aquel aparato era una ventana hacia un mundo desconocido. De pronto aparecieron en las pantallas ciudades enormes, artistas extranjeros, canciones, modas, bailes y personajes que parecían vivir en un país completamente distinto.

Los jóvenes estaban fascinados. Querían ser modernos. Querían vestir modernos. Querían bailar moderno. Y, sobre todo, querían escuchar música moderna. El rock y el pop extranjero habían encontrado terreno fértil por la vía emocional y la lógica aspiracional en la juventud.

Las reuniones juveniles se llenaban de canciones que llegaban de lejos. ABBA comenzaba a ocupar un lugar importante en las preferencias y hasta se proyectaban películas en el Cine. La música de The Police y otros grupos extranjeros alimentaba aquella sensación de estar viviendo una época nueva. Los sonidos psicodélicos, los ritmos bailables y las imágenes que llegaban por televisión se mezclaban con las costumbres tradicionales de la ciudad y la música vernacular que no cedía en el campo.

John Travolta se había convertido en una especie de profesor universal de baile. Los muchachos intentaban copiar sus movimientos. Algunos lo conseguían. Otros solamente creían conseguirlo. Muchos se vestían y peinaban como él y las chicas también se alucinaban las Olivias Newton de Abancay.

Y allí estaba Romaco, rubio, espigado de vestir pulcro, intentando ser el Jhonny de “fiebre de sábado por la noche”.

II. EL ROGELIO.

Rogelio, por entonces tenía quince años. Su apariencia era mestiza, cejas pobladas que resaltaban en su rostro que daban lustre a su carácter relativamente impulsivo. Era de esos muchachos que podían estar tranquilos durante diez minutos y, de pronto, podía meterse en alguna aventura. Tenía facilidad para hacer amigos y una popularidad que no dependía de su elegancia ni de sus estudios, sino de sus simpáticas ocurrencias. Era simplemente uno de esos jóvenes que siempre estaban presentes.  Le decían el cabo. Su apodo tenía una historia.

Su padre había pertenecido a la Policía y, en aquella época por orden de sus superiores, acudía a algunos colegios de la localidad para impartir instrucción pre militar. Muchos lo conocían.

Los alumnos lo identificaban fácilmente.

Por eso, inevitablemente, Rogelio había terminado heredando el sobrenombre.

—Ahí viene el Cabo, murmuraban los profesores al verlo llegar o pasar cerca de ellos. Y cuando aparecía Rogelio también le decían el cabo, el cabito.

Y así quedó.

Con quince años, el apodo ya era más importante que su nombre.

El Cabo tenía amigos de distintas personalidades. Pero entre todos ellos había uno especialmente cercano:

Pancho.

Pancho era pequeño, gordito y peleador. No necesitaba demasiadas razones para discutir y agarrarse a trompadas con quien fuera, más aún si venia de Marcona. Si alguien lo empujaba, respondía con sus zapatos punta de acero comprado deliberadamente en Bata. Si alguien insultaba a un amigo, también respondía con una violenta procacidad distanciadora. Era de aquellos muchachos que parecían vivir preparados para una pelea que probablemente nunca ocurriría. Gustaba ir al cine a ver películas de pistoleros. Nunca andaba solo. Pero detrás de esos procederes y aquella apariencia había una enorme lealtad. Pancho era hijo de Yolanda, una mujer pequeña de estatura, pero gigantesca en carácter. 

Yolanda era una de las principales dirigentes de la gesta popular que reclamaba una universidad para Apurímac. En una ciudad donde muchos jóvenes terminaban sus estudios secundarios sin posibilidades de continuar una carrera profesional, aquella lucha tenía una enorme importancia. Por aquellos tiempos la educación superior era un privilegio que pocos alcanzaban. Para estudiar en la universidad había que viajar a Cusco, Lima, Arequipa. Viajes costosos, familias que no podían pagarlos y jóvenes que terminaban abandonando sus aspiraciones. Por la universidad también empezaban a venir jóvenes y no tan jóvenes de Marcona, de Nazca de Ayacucho.

La única alternativa cercana para muchos coterráneos era la Normal Mixta, donde podían formarse como profesores.

Yolanda y muchos padres con ella, estaban convencidos de que eso tenía que cambiar o nuestros jóvenes se van al carajo.

Ella era pequeña de tamaño, sí. Pero cuando hablaba en una reunión pública, su estatura dejaba de importar. Tenía temple. Audacia. Y una capacidad de liderazgo que sorprendía incluso a hombres acostumbrados a dirigir asambleas.

Pancho había heredado algo de ese carácter.

Quizás por eso era tan peleador.

III. UNA CIUDAD ENTRE EL PASADO Y EL FUTURO

Las familias más notables de Abancay provenían principalmente de actividades privadas.  Algunas conservaban el recuerdo de épocas en que sus familias habían tenido haciendas con actividades agrícolas o importantes propiedades. La reforma agraria había cambiado radicalmente aquel mundo.

Las antiguas relaciones de propiedad habían sido alteradas y muchas familias tuvieron que adaptarse a una nueva realidad económica y social.

Los muchachos escuchaban esas historias en sus casas, aunque no siempre comprendían completamente su significado. Ellos estaban más preocupados por otras cosas. La música. Las fiestas. El fútbol. Las muchachas. La ropa. Los bailes. Y, por supuesto, la radio y la televisión.

La política y los conflictos sociales estaban presentes en la vida cotidiana, pero pertenecían principalmente al mundo de los adultos.

En determinados momentos, las movilizaciones sociales y políticas que atravesaban el país provocaban restricciones y toques de queda que a una determinada hora paralizaban las actividades en las calles de la ciudad. Cuando llegaba la hora señalada, las calles se vaciaban. La ciudad cambiaba de personalidad, se volvía silenciosa, tenue y tímida. Durante el día, los mercados hormigueaban llenos de personas que iban y venían. Durante la noche solo podía escucharse en sonido del motor que daba electricidad al pueblo, y cuando no, el silencio podía imponerse de golpe. Los jóvenes aprendían a organizar sus horarios.  Las fiestas tenían que terminar antes de determinada hora. Y regresar a casa era una obligación puntualísima que los padres sabían controlar con rigor marcial, cuando se trataba de disciplinar a chicas y chicos. Pero incluso bajo aquellas circunstancias, la juventud encontraba la manera de divertirse.

Porque la adolescencia siempre encuentra una puerta abierta.

IV. ROMACO Y EL FLACO DELGADO

Si había alguien que representaba la modernidad juvenil de Abancay, ese era Romaco; el gringo, Choccñi (legañoso) también le decían para distinguirlo de otros blancos de la ciudad que ciertamente tenían ese biotipo. El choccñi era rubio. Bailaba. Y se sabía que era bueno en el deporte tambien. O, por lo menos, eso se pensaba de él. Cuando comenzaba una canción moderna, Romaco aparecía desde el grupo. Movía los pies y las nalgas. Sacudía los hombros. Hacía giros. Adoptaba las poses que había visto en televisión. Su referencia era John Travolta. Y no aceptaba fácilmente competidores.

El problema era que tenía uno:

El Flaco Delgado.

El Flaco era de mediana estatura, muy delgado y rudo, tenía una estruendosa seguridad que rivalizaba intensamente con la de Romaco.

Cuando ambos se encontraban en una fiesta, que era frecuente; el resto sabía que algo iba a ocurrir. 

—¡A ver, Romaco!

—¡Ahora el Flaco!

—¡Que bailen los dos!

Las muchachas observaban. Marisol, Silvana y Tamaríz, Yuliet estaban entre las jóvenes que atraían las miradas de los muchachos.

La belleza también se había convertido en una competencia silenciosa.

Cada fiesta era una especie de escenario. Ellas querían verse bonitas, oler rico. Ellos querían llamar la atención. Y todos querían parecer más modernos de lo que realmente eran. Unos lo lograban, otros no.

Romaco, sin embargo, tenía otra característica.

Era un adolescente atribulado. Podía ser soez generalmente. Decía cosas que escandalizaban a algunos, como el profesor Azurin apodado el acacha(chiquito). Pero también tenía una personalidad que lo hacía difícil de ignorar. Su popularidad competía con la del Flaco Delgado. Y ninguno estaba dispuesto a admitir que el otro podía ganar.

V. EL CHINO Y LA JENNY

El Chino Vásquez era diferente. Amiguero. Jovial. Enamoradizo. Siempre tenía alguna historia que contar y alguna muchacha que le interesaba merodeaba en sus intenciones afectivas.

Pero en aquellos días su atención estaba concentrada en Jenny. El problema era que Jenny no le daba el sí. El Chino insistía con paciencia. Ella sonreía. Él interpretaba aquella sonrisa como una esperanza. Ella probablemente la consideraba simplemente una sonrisa.

Y así continuaba el juego.

—¿Ya te aceptó Jenny? —preguntaban los amigos, especialmente el Elio y el Borico.

—Ya casi.

—¿Cuándo?

—Pronto.

Ese «pronto» podía significar cualquier cosa. Quizá nunca. Pero el Chino no perdía la esperanza.

VI. BORICO, PERCY GUSTAVO Y MIRIAN

No todos tenían la habilidad para bailar de Romaco o el Flaco Delgado.

Estaban Borico y Percy Gustavo, dos hermanos que su carisma solían acompañar al grupo. Eran más discretos puesto que su viejo era uno de los profes más estrictos y más influyente del Grau. Observaban. Conversaban. Participaban en las bromas. Pero cuando llegaba la hora de bailar, preferían el dialogo y dejar el escenario a los especialistas que eran el Romaco y el Flaco. Había una razón adicional para que ambos estuvieran interesados en salir. Se llamaba Mirian. Mirian vivía un poco lejos, cerca del cementerio. Y aquella ubicación se había convertido en una excelente excusa.

—Vamos a acompañarla.

—¿Hasta dónde?

—Hasta su casa.

—Pero queda cerca del cementerio.

—Precisamente.

Ninguno de los dos declaraba abiertamente sus simpatías.

Por lo menos, no todavía.

Los dos acompañaban a Mirian.

Los dos conversaban con ella.

Los dos encontraban razones para caminar por el mismo rumbo.

Y ninguno quería preguntar directamente al otro qué sentía.

Era una competencia silenciosa. Inés se había dado cuenta.

Una de esas batallas adolescentes que nadie reconoce como batalla.

Mirian, probablemente, sabía mucho más de lo que ellos imaginaban.

VII. LA MUCHACHA DE CALLE SEOANE

Pero Rogelio -ósea el Cabo- tenía su propio problema.

Vivía en su cabeza una muchacha de la avenida Seoane, vía que, desde el Olivo, lleva directo al colegio Grau, pasando por un puente que se llama Chinchichaca, muy cerca de la Capilla del Señor de la Caída. Por el cauce de esa quebrada bajaban aguas en tiempo de lluvias y esta corría en paralelo a la Calle Seone.

Ella era de tez clara, pecosita y muy esbelta.

El Cabo la había conocido quizá hablando de música o de alguna circunstancia, pero habían hablado poco. Muy poco. Pero aquello había sido suficiente para que su corazón temblara y tuviera otro ritmo, él sentía que se había enamorado. O creyera estarlo.

Ella tenía gustos distintos y aspiraciones diferentes con otros horizontes.

Sus gustos no coincidían con los de él.

Probablemente miraba el mundo desde una perspectiva distinta.

El Cabo, sin embargo, había construido su propia versión de aquella, si se puede decir, relación.

En su imaginación ya existía una historia y como el cerebro no reconoce fantasia de realidad, su nerviosismo y atención se centraba en ella. 

Solo faltaba que ella la aceptara.

Y ese era precisamente el problema.

VIII. LA FIESTA DE ELIO

Elio, de hablar pausado y grave, vivía muy cerca de la Calle Seoane, ese día cumplía años. Era sábado, no cualquier sábado.

La celebración reunió a buena parte del grupo. Pancho estaba allí.

El Chino Vásquez también. Romaco y el Flaco Delgado esperaban su oportunidad para demostrar quién bailaba mejor. Jenny estaba presente.

Marisol, Silvana y Tamariz también. Borico y Percy Gustavo conversaban con Pancho, alguien escuchó que hablaban de juntar dinero para los tragos. El ambiente era alegre. La música sonaba desde una radiola Phillco de dos parlantes grandes. Las canciones extranjeras ocupaban el centro de la fiesta. ABBA. Rock. Pop y una que otra cumbia: “Muchachita no seas celosa” de los Destellos. En general se percibía ritmos que para aquella generación significaban modernidad. 

Pese a las prohibiciones algunos chicos habían bebido algo, lo suficiente para estar estimulados. El Cabo también.

Y en algún momento, mientras los demás conversaban, impulsado por sus querencias fantasiosas, miró hacia la calle.

Pensó en ella, en la chica de la calle Seoane

—Hoy voy a decirle, pensó en sus adentros.

Pero Pancho, que era sapazo, no lo escuchó. Pero lo adivinó.

—¿Qué vas a decirle?

—Que la quiero. Que quiero que este conmigo pues puczo.

Pancho frunció el ceño y doblando los labios descalificó.

—Cabo, no hagas tonterías.

Romaco intervino:

—¡Anda! Tienes que mandarte huevonazo.

El Flaco Delgado que andaba cerca, se rio.

—¡Que se declare! Sentenció agitando los brazos en señal de confirmación.

Rogelio “El Cabo” se sintió emplazado por lo que sentía y por lo que sus amigos le sugerían; tenía que demostrar audacia y valentía. Miró a los presentes, tomo un poco de agua que había en la mesa, sacó su chicle Adams del bolsillo de su casaca de cuero; era para neutralizar el aliento a cerveza, miro hacia la puerta de salida nuevamente como quien espera la salida de un toro y salió, mientras la música sonaba y todos bailaban.

Caminó hacia la avenida Seoane, doblo la esquina si mirar a nadie. Arrancó un frondoso geranio de un jardín de la casa de la familia León, y al llegar frente a la casa, se paró, agarró firme el geranio rosadito y con la otra mano tocó la puerta. “toc toc”. Solo dos tímidos golpes fueron suficientes.

IX. EL RECHAZO

Ella al instante salió, jalando de un tirón la puerta que era pequeña y arreglándose los cabellos hacia atrás y al hacerse una colita se le veía mas linda aún, él sintió que la noche se hizo de día, deslumbrado y masticando su chiclecito adams, le dijo: 

¡Hola! Mientras le alcanzaba el geranio rosadito. Y ella:

Ay, que lindo Cabito.

Lo agarré de allí, dijo mirando la casa vecina; es que en Abancay no hay florerías para comprar una, dijo. 

Y ella, no te hubieras molestado. Gracias. 

Es que quería hablarte.

El Cabo comenzó su declaración.

No fue elegante. No fue romántica. Fue atropellada.

Habló demasiado, que desde que te ví, hasta no sé cuándo, y no sé cuantos. Se contradijo. Confundió sentimientos con argumentos.

Ella escuchó, mientras veía como el helado se desvanecía frente a sus ojos.

Y luego respondió con respeto.

No lo quería de esa manera. 

Sus aspiraciones eran diferentes. Sus gustos también. No podía aceptar la propuesta que él le había hecho.

El Cabo sintió que el mundo se acababa. Pero no era el mundo. Era simplemente su orgullo el afectado, sintió que unas garras oprimían su corazón desangrándolo sin compasión.

Y entonces, presionado por las adversas circunstancias, cometió su mayor torpeza. Tomándose la cintura con una mano y la otra apoyado sobre la puerta que estaba a punto de cerrarse:

—Si no me aceptas, me mando para allá, me mato. Sintió que una gruesa lagrima surcó su mejilla.

Ella lo miró sorprendida.

—No digas eso. Habrá otro momento para hablar le dijo, como abriendo una esperanza.

Pero masticando no solo su chicle sino su derrota final, él ya estaba actuando.

Miró hacia al frente, donde estaba el talud cercano, que ella conocía muy bien y él no tanto.

Era un lugar donde los vecinos arrojaban basura. No era un barranco peligroso ni profundo.

Pero en aquel momento, bajo los efectos del alcohol y la frustración que parecía para él era enorme, pensó qué le dirían lo chicos que aguardaban en la fiesta de Elio, su regreso triunfal; sin decir su nombre le dijo Chau y corrió hacia el frente donde estaba el talud y, como quien se zambulle en la piscina, se lanzó.

X. ¡EL CABO SE HA MATADO!

Elio que se encontraba comprando gaseosas, vio la escena.

Regresó corriendo donde estaba el grupo bailando, justo sonaba la canción El amor esta en el aire y el flaco Delgado estaba estrenando dos pasos muy difíciles.

—¡El Cabo se ha lanzado al barranco! Dijo el Elio con su voz engolada.

La música que salía de los parlantes se detuvo.

Pancho, al escuchar fue el primero en salir atropelladamente.

—¡¿Qué?!

—¡Se ha matado!

Todos corrieron.

Jenny, Marisol, Silvana, Tamaríz, Marleny y Gladis miraban alarmadas. ¿Quien?

Romaco había dejado de bailar también.

El Flaco Delgado ya no tenía ganas de competir a pesar de que El amor esta en el aire, estaba estrenándose en Abancay.

Y entonces apareció el Chino Vásquez. Miro la casa de ella, ella estaba aún en  su puerta, linda, con su colita y sus pequitas, mirando el descalabramiento del cabito. Ella con la mano le indicó el lugar.

Bajó rápidamente hacia el talud.

Encontró al Cabo vivo. Muy vivo. Pero cubierto completamente de basura.

—¡Cabo!

—¡Ayúdame! Intento decir decir desde abajo.

Mientras tanto el Chino le extendió la mano.

—Agárrate bien le dijo esbozando algo que no era tristeza.

—¡No te rías!

—No me estoy riendo contestó.

Pero se estaba riendo.

Pancho llegó a sumarse al rescate.

Entre ambos ayudaron a subirlo.

Cuando finalmente estuvo arriba, el espectáculo fue imposible de contener.

Papeles en los cabellos. Tierra en la cara. Basura en la camisa y la casaca de cuero negro. Una bolsa plástica pegada a una pierna derecha y cascaras de tunas en los zapatos. Romaco se dobló de risa.

—¡Travolta nunca terminó así!

El Flaco Delgado añadió:

—¡Perdió el concurso!

Las muchachas intentaban contenerse. Jenny se tapaba la boca. Marisol reía.

Silvana miraba incrédula.

Tamariz no podía creer lo que estaba viendo. Pobre Rogelio, ¿qué estaba haciendo pasa caerse así? Preguntó al aire.

Gladis terminó riéndose también.

Pancho se acercó al Cabo nuevamente.

—Te dije que no hicieras tonterías. Huevonazo.

El Cabo respondió furioso:

—¡Cállate! Puczo (pequeño). Quería llorar estruendosamente.

Aquella respuesta hizo que todos rieran todavía más.

XI. LA VERGÜENZA

Al día siguiente, la historia ya circulaba por Abancay. Puesto que un hombre de las noticias en la radio vivía cerca de allí y había agarrado la noticia.

El muchacho que se había «matado por amor».

El joven que se había lanzado de un barranco.

El enamorado que había perdido la razón.

 Y como son los rumores cada persona agregaba algo.

Pero los amigos sabían la verdad.

El supuesto barranco era un talud de basura.

Y el supuesto muerto estaba perfectamente vivo.

El Cabo evitó salir durante largos días por las calles de Abancay y por la avenida Seoane. Sus amigos nunca lo dejaron envolverse en la tristeza.

No quería encontrarse con nadie.

Pero Pancho estuvo a su lado.

No se burló tanto como los demás.

—Ya pasó —le dijo.

El Cabo no respondió.

—Y ella no tuvo la culpa. Eso sí lo escuchó.

Con el tiempo comenzó a comprender.

Ella había sido sincera. No lo había humillado. No le debía amor.

Y él había cometido una torpeza intentando convertir su rechazo en una tragedia.

Aquello fue madurando lentamente dentro de él. Nunca volvió a intentar conquistarla. Nunca volvió a amenazar con hacerse daño. Nunca volvió a cortar geranios de jardín ajeno y tocar aquella puerta con intenciones amorosas.

Cuando se cruzaban, se saludaban.

Nada más.

Y ese «nada más» terminó siendo suficiente.

XII. LOS AÑOS PASARON

La ciudad de Abancay cambió. La televisión dejó de ser una novedad.

Los automóviles comenzaron a ser más frecuentes. Las calles se transformaron. Los jóvenes de aquella generación crecieron.

La lucha por una universidad para Apurímac continuó formando parte de la memoria colectiva de aquella época y la señora Yolanda consagró su vida a ese objetivo que años más tarde se logró y la madre de Pancho, siguió siendo recordada como aquella mujer pequeña que se enfrentaba a problemas enormes con una determinación que muchos hombres no tenían.

Pancho creció. El Chino también.  

Jenny siguió su camino.

Romaco y el Flaco Delgado dejaron atrás sus competencias de baile.

Marisol, Silvana, Tamaríz, Gladis y Mirian tomaron sus propios rumbos.

Borico y Percy Gustavo dejaron de ser aquellos muchachos que acompañaban al grupo.

Y el Cabo…

El Cabo aprendió. No olvidó. Pero aprendió.

Muchos años después, cuando se encontraba con alguno de sus antiguos amigos, bastaba una mirada para recordar la escena. Sobre todo en las reuniones anuales por el 8 de octubre.

—¿Te acuerdas?

—¿De qué?

—Del talud, de la lanzada a la basura.

Entonces comenzaban las risas.

El Pancho recordaba cómo había tenido que bajar a rescatarlo ya que el chino Vásquez había dejado de existir. 

Elio recordaba su grito:

—¡El Cabo se ha matado!

Romaco recordaba la basura, aumentando mas basuras para que decaiga la chanza.

El Flaco Delgado recordaba la oportunidad de burlarse de su rival.

Pancho recordaba haberle advertido. ¡ Yo te dije huevonazo!.

Y Rogelio, el Cabo simplemente sonreía.

—Tenía quince años —decía. Casi todos teníamos esa edad, estimado.

Aquella frase explicaba muchas cosas.

A los quince años uno puede confundir el amor con la posesión.

Puede confundir el rechazo con una humillación.

Puede creer que una emoción intensa durará para siempre.

Puede hacer una estupidez monumental y luego pasar años recordándola.

Pero también puede aprender.

El Rogelio aprendió que nadie está obligado a quererlo.

Aprendió que una declaración de amor no garantiza una respuesta.

Aprendió que la dignidad también consiste en aceptar un rechazo.

Y aprendió, finalmente, que la vida continúa.

XIII. EL RECUERDO

Con los años, la muchacha de la avenida Seoane dejó de ser «la muchacha que rechazó al Cabo».

Se convirtió simplemente en una persona de su pasado.

Y él nunca volvió a intentar conquistarla. No hubo resentimiento. No hubo persecución. No hubo segunda oportunidad buscada a la fuerza. Solo quedó el recuerdo. Un recuerdo extraño. Vergonzoso. Pero también divertido.

Porque así funciona la memoria.

Aquello que alguna vez nos hizo esconder la cara puede convertirse, décadas después, en una historia que contamos entre carcajadas.

Y cuando alguien preguntaba:

—¿Es verdad que te lanzaste de un barranco por una mujer?

El Cabo respondía:

—Sí.

—¿Y sobreviviste?

Él sonreía.

—No era barranco.

—¿Entonces qué era?

Y entonces llegaba la respuesta que provocaba la risa de todos:

—Era el basural de la avenida Seoane.

Y quizás allí estaba la verdadera enseñanza de aquella historia.

El muchacho de quince años había querido hacer de su amor una tragedia.

La vida, en cambio, le había preparado una comedia.

Una comedia con Pancho corriendo para auxiliarlo.

Con el Chino Vásquez bajando por el talud.

Con Elio anunciando una muerte que nunca ocurrió.

Con Romaco y el Flaco Delgado dejando por un momento su competencia de bailarines consumados y convenientemente recordados.

Con Jenny, Marisol, Silvana, Tamaríz y Gladis mirando entre la preocupación y la risa.

Con Borico y Percy Gustavo siguiendo los acontecimientos.

Y con una muchacha de la avenida Seoane que simplemente había dicho que no.

Quizás aquel fue el momento exacto en que Rogelio “el Cabo” comenzó a dejar de ser niño.

No porque hubiera cumplido quince años.

Sino porque descubrió algo que tardaría mucho tiempo en comprender plenamente: que querer a alguien también significa respetar su libertad para no querernos.

Y que algunas veces la vida nos da las lecciones más importantes: no desde una universidad, no desde un libro, no desde una conferencia, sino desde el fondo de un talud de basura.

Abancay, 1977, siguió su camino a lo que es hoy y seguirá siendo sin cesar.

Y el Rogelio “el cabo” también.

Lima, 08 de agosto del 2026.

Extracto de la obra: Agujas de Hielo. Autor Roger Bedia Benites.

1 com.

Ay Rogelio

Delfina Boluarte 10/08/2026 - 9:27 pm

Linda y divertida historia «Rogelio» con las amistades de siempre. Un viaje al Abancay de aquellos años, tranquilo, pequeño y tan nuestro.

Respuesta

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